Posted On 02/05/2013 By In Biblia With 5350 Views

“Ser portadores del Espíritu de Dios reconociendo su sencilla pero eficaz manifestación”

Conocer la persona de Dios, es acercarnos a sus manifestaciones, o también conocidas como Teofanías (Theo: Dios; Epifhanes: Manifestación). Si hacemos un rápido recorrido por las páginas de las Escrituras, vemos señales de su poder, de su grandeza. Pero hay un texto que nos muestra la sencillez de la revelación del Creador. Es un texto que está contenido en el Primer Libro de los Reyes, en donde se presenta al profeta Elías y se da a conocer como es su encuentro con Dios. Un rápido contexto del relato sería más o menos así. Elías está huyendo del rey Ajab que busca al profeta para matarle a causa de su actividad profética que se basa en el celo que pone por la causa de Dios. Elías se interna en el desierto donde desea morir. Pero un ángel de Yahvé lo asiste y le alimenta con pan y agua. Recobra fuerzas y dirige sus pasos hacia el monte Horeb. Esto le toma un tiempo de cuarenta días y cuarenta noches. Cuando llega, se esconde en una cueva, en donde recibe la palabra de Dios que le dice:

“Sal y permanece de pie en el monte ante Yahvé. Entonces Yahvé pasó y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante Yahvé; pero en el huracán no estaba Yahvé. Después del huracán, un terremoto; pero en el terremoto no estaba Yahvé. Después del terremoto, fuego, pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. El oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto y se mantuvo en pie delante de la entrada de la cueva” (1 Re 19,11-13)

Hemos visto que se presentan signos poderosos: huracanes, terremotos, fuegos. Son manifestaciones que no dejan indiferente a nadie, incluso provocan miedo. En Chile hemos tenido la experiencia de terremotos de grandes dimensiones. Sabemos que quedamos indefensos ante estas expresiones de la naturaleza. En relación a las manifestaciones de Dios, muchos creen que el Padre se manifestará de una manera que seremos capaces de  ver su presencia de una manera grandiosa. Pero al parecer no es así. Elías, al tener la experiencia de la palabra de Yahvé y al tener que esperar cuarenta días y cuarenta noches poder llegar a la montaña de Dios, ha prevenido su espíritu y su inteligencia para poder captar esa voz especial, en este caso una suave brisa. Esta manifestación humilde de Dios, transforma y consume lo más fuerte y estable. Hace que Elías salga de la cueva. Hace que nosotros salgamos de nuestras seguridades y nos abandonemos a las manos de Dios.

La suave brisa, el aire, el viento tenue, nos evocan relatos de creación. Dios mismo insufla su ruah, su espíritu de vida en Adán, el primer creado, y le hace un ser viviente. Jesús luego de la resurrección, nos dice el evangelio de Juan, sopla su Espíritu sobre la comunidad que reunida temerosa se esconde, produciendo en ellos una nueva creación: “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). E inmediatamente lo conecto con el Génesis, en donde se nos dice: “Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2,7). Es curioso que en el texto de la creación del mundo así como en el relato del cuarto evangelio aparezcan verbos similares: soplar, insuflar. Esto quiere decir que ambos momentos hay una actividad creadora. En el Edén, Dios Padre crea al hombre para que de él nazca toda la raza humana. Por su parte y en la sala en donde estaban reunidos los discípulos, el Hijo del creador también sopla sobre esos hombres para crear la Iglesia, la comunidad de los portadores del Espíritu. La tercera persona de la Trinidad es la que da vida, el que configura a “los que nacen del agua y del Espíritu” (Cf. Jn 3,3). En todo momento la Trinidad va realizando su acción santificadora.

Esta actividad creadora también la apreciamos en el salmo 103, con el cual se responde a la primera lectura en la Solemnidad de Pentecostés. Nos dice el salmo de los “Esplendores de la creación”: “Envías tu soplo y son creados y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104 (103), 30). En esta renovación causada por el soplo de Yahvé, está reflejada esta comunidad renovada que nace de la experiencia de la resurrección de Jesús.

En la comunidad de la nueva alianza actúa este Espíritu que renueva todas las cosas. Este nuevo pacto realizado en plenitud en la persona de Jesucristo a partir de los signos eucarísticos, ya la vemos como una promesa. De ello nos habla el profeta Jeremías: “He aquí que días vienen – oráculo de Yahvé – en que pactaré con la casa de Israel una nueva alianza” (Jer 31,31). Esta nueva alianza, este Espíritu que renueva, este nuevo Israel, es en definitiva la Iglesia.

La vida según el Espíritu de Dios se va materializando a partir de los frutos del mismo, de los cuales habla San Pablo en la carta a los Gálatas. “En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gal 5,22-23). Estas características van configurando al cristiano. No solo son verdades teóricas. Por el contrario, son signos eficaces de una práctica cristiana del verdadero amor que debe nacer desde el corazón habitado por la gracia de Dios.

Ser portador del Espíritu de Dios, significa ser vivo reflejo de la acción del Verbo Encarnado. Ser un profeta que anuncia el mensaje del Cristo vivo y operante. Pero también es denunciar aquello que va deshumanizando, que va violando la dignidad de los hijos de Dios. La comunidad permite ese sentir. El Espíritu habita en la comunidad, el creyente se reconoce en ella y se crea el lazo de amor fundado en Dios. Es como la canción del cantautor cristiano Jesús Adrián Romero, que en una de sus partes dice: “Eres como el viento que no avisa, cuando sopla y trae la brisa (…) ven y sopla sobre mí (…) desciende sobre mí como la brisa”. Brisa suave que nos habla de la presencia silenciosa de Yahvé. Es tener un oído atento y un corazón dispuesto y generoso a escuchar su llamada, a recibir sus más pequeños signos y no esperar espectacularidades. Es el Dios que habla en el silencio, en la oración que un alma agradecida puede elevar y traspasar las nubes de los cielos y llegar así a la presencia del Padre, del Padre nuestro.

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