De la literalidad al símbolo
sin sucumbir en el intento
Uno de los mayores éxitos editoriales de este año 2025 es el libro de Javier Cercas El Loco de Dios en el fin del mundo[1]. Es el resultado y la reflexión del autor derivados de haber acompañado al papa Francisco en su viaje pastoral a Mongolia el verano de 2023. El objetivo más personal de Cercas, como indica de modo explícito en el inicio del libro, es preguntar al Papa si su madre, católica tradicional, verá a su padre ya difunto, más allá de la muerte.
Así empieza su novela: “Soy ateo. Soy anticlerical. Soy un laicista militante, un racionalista contumaz, un impío riguroso. Pero aquí me tienen, volando en dirección a Mongolia con el anciano vicario de Cristo en la tierra, dispuesto a interrogarle sobre la resurrección de la carne y la vida eterna. Para eso me he embarcado en este avión: para preguntarle al papa Francisco si mi madre verá a mi padre más allá de la muerte, y para llevarle a mi madre su respuesta. He aquí un loco sin Dios persiguiendo al loco de Dios hasta el fin del mundo”[2].
La resurrección de la carne y la vida eterna como ejes de la novela, en la que Cercas duda acerca de la clase de respuesta que recibirá del Papa a tal cuestión. ¿Una declaración teísta propia de una declaración dogmática de fe? ¿Una explicación no teísta en forma metafórica, propia de las posturas teológicas más liberales? ¿Qué le transmitirá a su madre cuando finalice el viaje?
Dado que en el cristianismo los posicionamientos teológicos oscilan entre estos dos conceptos, la pregunta es pertinente. Todos nos hemos planteado alguna vez cómo deben entenderse estos términos situados más allá de la racionalidad. ¿De manera literal? ¿Cómo un símbolo? Para unos, es una doctrina incuestionable, de la que no es posible dudar, que encuentra su fundamentación en las expresiones del apóstol Pablo en su carta a la iglesia de Corinto: “Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: aún estáis en vuestros pecados. […] Así también sucede con la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual”[3]. Es el convencimiento, desde la literalidad del texto, de un regreso a la vida, sí bien en un plano o dimensión desconocida.
Pero la entrada en la modernidad (nuevos enfoques teológicos, empleo del método histórico-crítico a la hora de interpretar la Biblia) ha representado un desplazamiento hacia la comprensión alegórica de los textos. El teólogo alemán Paul Tillich planteaba: “La preocupación absoluta del hombre (expresión referida a la cuestión de Dios) se ha de expresar de manera simbólica, porque tan solo el lenguaje simbólico permite expresar el Absoluto”[4]. La balanza, pues, se inclina, para otros, hacia el lenguaje figurado. Pero, en la medida en que las interpretaciones metafóricas van ocupando el espacio abandonado por la literalidad, asistimos a un declive, por no usar la palabra abandono, de la religiosidad tradicional por parte de muchos. El propio Cercas recurre a una declaración de Jean Bricmont, físico belga, profesor de la Universidad de Lovaina, ateo para más señas, que hace referencia a esta derivación: “La existencia de Dios, de los ángeles, del Cielo y del Infierno, o la eficacia de la oración son aserciones de hecho; y si las retiramos de veras, es decir, si admitimos que son falsas, entonces no sé lo que queda del discurso religioso”[5].
Cuanto antecede nos impele a preguntarnos: ¿por qué, cuando por la circunstancia que fuere muchos creyentes deconstruyen su imagen tradicional de lo divino, inevitablemente condicionada culturalmente, se desvanece su religiosidad? ¿Por qué el desplazamiento desde una comprensión literal a una simbólica provoca auténticas crisis de fe? ¿No es posible una mudanza más tranquila y serena? Una primera respuesta es posible asociarla al hecho de entenderse el nuevo paradigma teológico como una especie de ateísmo. El obispo episcopal Shelby Spong, lo expresaba con mucha precisión: “dado que el teísmo como definición, y Dios como concepto, han estado tan identificados entre sí en el mundo cristiano occidental, cualquier posición no teísta es generalmente entendida como ateísmo”[6].
El lenguaje bíblico tampoco ha sido presentado a modo de símbolo de lo trascendente, como sugiere Tillich, sino como historia sagrada. Como hechos acaecidos en espacios y tiempos concretos. Investidos, además, de una sacralidad de la que no era posible dudar. Sin posibilidad de reflexión crítica. El filósofo Martín Heidegger cuestionaba tal forma de credibilidad en estos términos: “aquella fe que no se expone constantemente a la posibilidad de la incredulidad, no es tal fe sino una comodidad y un compromiso consigo mismo de atenerse en lo venidero a la doctrina como a algo en cierto modo legado por la tradición”[7].
El empleo del lenguaje literal, de modo absolutizado, comporta permanecer en el plano de lo tangible y de las seguridades construidas a lo largo de los años de repetición de los mismos conceptos. Pretender que el relato se desplace, hermenéuticamente, hacia la metáfora o el símbolo es, para muchas personas, la negación de la creencia y la perdida del fundamento sobre el que habían apoyado su experiencia de sentido.
Es por ello que los procesos actuales de deconstrucción han de acompañarse de procedimientos de reconstrucción, sin los cuales las transiciones teológicas son experimentadas como auténticas demoliciones que, en demasiados casos, dejan escombros en forma de alejamiento de los postulados de la fe o, también con frecuencia, provocan la radicalización de las convicciones primigenias.
Es imprescindible educar la sensibilidad en el sentido de que, si bien disponemos de palabras para expresar las experiencias tangibles, no disponemos de términos precisos ni suficientes para expresar el Misterio y que, para referirnos a él, tenemos que emplear los términos propios de nuestra experiencia, situándolos en un nuevo nivel de significado como ocurre en los textos místicos. John Dominic Crossan, reconocido exégeta católico de nuestro tiempo, comparte esta idea de modo radical: “hablar de lo Sagrado no es posible sin una metáfora”[8].
Sin abrirnos al significado profundo de las palabras se corre el riesgo de fijar la atención en el dedo y no percibir lo que este señala: la luna[9].
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[1] Cercas, J. (2025). El loco de Dios en el fin del mundo. Random Hous.
[2] Ibídem.
[3] 1 Co 15, 16-18; 42-44.
[4] Tillich, P. (2013). Dinàmica de la fe. Facultat de Teologia de Catalunya.
[5] Ibídem.
[6] Shelby Spong, J. (2011). Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo. Editorial Abya Yala,
[7] Heidegger, M. (2025). Introducción a la metafísica. Editorial Herder.
[8] Citado por Comas, C. (2025) Creure en Déu? Editorial Claret.
[9] La expresión cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo es un proverbio oriental que se refiere a que el dedo y la luna pertenecen a realidades distintas.
