Uno de los textos más controvertidos de la filósofa y activista francesa Simone Weil (1909-1943) es Echar raíces[1]. Escrito, poco antes de su muerte, durante su exilio en Londres, a causa de la ocupación de su Francia natal por los ejércitos nazis. Trata de la importancia del arraigo (al espacio físico, a la comunidad, a las costumbres y valores…) elevándolo a la categoría de lo humanamente imprescindible: “El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual en los medios de que forma parte”[2].
En sentido contrario, el desarraigo, según el Diccionario de la Real Academia Española, tiene que ver con: “Separar a alguien del lugar o medio donde se ha criado, o cortar los vínculos afectivos que tiene con ellos”, lo que puede conducir a la persona a la alienación, la desesperanza y la deshumanización.
Según Weil, pensando especialmente en la Francia ocupada, uno de los colectivos más desarraigados era el mundo obrero: situaciones de inestabilidad laboral, precariedad económica, falta de seguridad e higiene en el trabajo, futuro incierto… son algunas de las causas de su extrañamiento.
También hace referencia al mundo agrícola: atraso histórico de este sector frente a la industria o el comercio, trabajo cíclico, monótono, dependencia de factores no controlables como la climatología, alejados del mundo de la formación y la cultura.
Concluye con el desencanto institucional: Estado, política, iglesia, religión. Expresa su desconfianza hacia toda forma de autoridad; critica la corrupción y el despotismo; recela de la iglesia por sus intentos de vinculación con el estado; señala, asimismo, la perdida de cohesión de otras estructuras sociales tradicionales como la familia, el vecindario, los sindicatos… “No se sienten en casa en las fábricas ni en sus viviendas, ni tampoco en los partidos y sindicatos que se dicen hechos para ellos”[3] son palabras de Weil, que resumen las consecuencias de las carencias derivadas de la falta de enraizamiento de los colectivos descritos, que hoy continúan pareciéndonos de extrema actualidad.
La distancia histórica con la activista francesa se acerca al siglo, pero el desarraigo de muchos hombres y mujeres es una constante que nos alcanza. Inmigrantes alejados de su cultura, religión, costumbres, valores…, que no terminan de hacer suyos los de los países de acogida. Segundas y terceras generaciones que no tienen sus raíces ni en la tierra de sus padres ni en la que nacieron, lo que explica la constitución y el mantenimiento de guetos. La situación de los inmigrantes menores de edad no acompañados de adultos de su propio entorno y carentes de la necesaria estructura familiar es un ejemplo demoledor de lo que no debería producirse. Escribía Weil: “No es justo acusar al adolescente abandonado, vagabundo miserable, de alma sedienta, sino a quienes le han dado mentiras para comer”[4].
No necesariamente el desarraigo es patrimonio de estos colectivos vulnerables. La población autóctona, en una importante proporción, también se halla distanciada y con una nula implicación de la vida política (los bajos niveles de participación en las sucesivas contiendas electorales son una clara evidencia). Su causalidad es la decepción resultante de la poca eficiencia a la hora de resolver aquello que preocupa a la ciudadanía y los flagrantes casos de corrupción. El periodista Pedro García Cuartango escribe que: “mientras los líderes de los partidos simulan elevar el listón de las exigencias éticas, proliferan en los medios los ejemplos que revelan unas prácticas que minan la confianza en los políticos y las instituciones[5]“.
El exilio, en nuestro contexto predominantemente cristiano, de la iglesia institucionalizada es monumental, como evidencian los sucesivos estudios sociológicos sobre esta materia. El teólogo Andrés Torres Queiruga apunta una primera razón: “Nuestra visión actual de Dios está marcada desde su raíz por las experiencias y los conceptos de un mundo que ha dejado de ser el nuestro, puesto que nos separa de él uno de los cortes más profundos de la historia de la humanidad: la emergencia del paradigma moderno[6]“. Es imprescindible una transición teológica, como tantas voces reclaman. Una segunda, es el descrédito por cuestiones prácticas de naturaleza moral. Demasiados casos de abusos (físicos, psicológicos, espirituales) impiden el enraizamiento en una institución bajo sospecha.
Pero la dimensión humana de la espiritualidad intenta echar raíces donde puede. En otras iglesias, en otras confesiones, en el magma de las espiritualidades laicas… Son muchos los que, a tientas, intentan abrirse nuevos espacios de identidad y de relación, no siempre fáciles. Por eso, la alternativa para otros es el ateísmo, el agnosticismo o la indiferencia religiosa.
En un plano más reducido, como puede ser el ámbito de las relaciones sociales, ocurre algo parecido. También en el de la familia, cuando la desestructuración se ceba en ella. Las principales víctimas los niños. En un momento evolutivo en el que se requiere de una tierra fértil en afectos, la aridez relacional o el pedregal de familias disfuncionales impide que las incipientes raíces de la infancia encuentren donde nutrirse, condicionando presentes y futuros.
El desarraigo es, pues, una grave distorsión que nos alcanza. De modo implícito, en el conjunto del libro y en su parte final Weil aborda la reconstrucción del arraigo, necesidad humana fundamental, que implica pertenencia; conexión con el pasado; con la cultura, las costumbres, los valores, sentido de comunidad. Para su consecución propone: fortalecer los grupos de relación que fomenten el sentido de identidad; promover la educación y la cultura; disponer de estructuras políticas orientadas a la justicia en las que el ejercicio del poder no sea un fin en sí mismo.
Weil enfatiza especialmente la dimensión espiritual de la persona, en todas sus facetas. Sea el ámbito laboral: “Una civilización basada en la espiritualidad del trabajo sería el grado más elevado de arraigo del hombre en el universo”[7] o en la praxis política: “El auténtico obstáculo pata la idolatría del totalitarismo consiste en una vida espiritual auténtica”[8].
Es, por tal motivo, urgente que la comunidad de fe sea, en la práctica, un lugar de acogida y de inclusión de quienes se sienten desarraigados en otras estructuras para que puedan desarrollar su identidad. Para ello es imprescindible superar prejuicios y estereotipos, evitar el juicio y superar insensibilidades. El amor, la comprensión, la empatía… son valores que posibilitan enraizar de nuevo vidas truncadas. Esta es la misión.
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[1] Weil, S. (2014). Echar raíces. Editorial Trotta.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
[4] Ibidem.
[5] García Cuartango, P. (2025). El enigma de Dios. De la fe a la incertidumbre. Penguin Randon Hous Grupo Editorial.
[6] Torres Queiruga, A. (2013). Alguien así es el Dios en quien creo. Editorial Trotta.
[7] Ibídem.
[8] Ibídem.
