Posted On 24/06/2022 By In portada, Teología With 132 Views

A tientas | Jaume Triginé

 

 

«Hemos de seguir hablando de Dios,
aunque conscientes de que nuestro lenguaje será inadecuado».

Fray Marcos.

Es conocido el hecho que toda legislación suele ir a remolque de la realidad. La dinámica de nuestra compleja sociedad, en forma de nuevos usos, cambios progresivos o maneras de actuar acordes con nuevas posibilidades, antecede siempre a la regulación que el legislador político establecerá para encauzar estas nuevas situaciones para evitar los conflictos de intereses.

Algo análogo sucede entre los nuevos planteamientos que la teología aporta a la comprensión de la dimensión trascendente y su expresión personal y comunitaria. En este caso, son las nuevas formulaciones conceptuales las que preceden a su manifestación narrativa, litúrgica o ritual.

Es innegable que la teología de los dos últimos siglos ha dejado atrás conceptos doctrinales anclados en la escolástica medieval y en la filosofía griega. La teología de la secularización con Dietrich Bonhoeffer y Paul Tillich, la desmitologización de Rudolf Karl Bultman, el giro antropológico de Karl Rahner, la teología política de Johann Baptist Metz, junto a otras muchas aportaciones, son ejemplos de una transición hacia modelos más acordes con la actual comprensión de las cosas.

Así, de la idea de un Dios que prohíbe y coarta la libertad personal a través de mandamientos restrictivos hemos derivado a la imagen de un Dios que libera (salva) de las formas alienantes, intrínsecas en todo modelo social.

Del Dios que infunde temor a través de los imaginarios de pecado, castigo, juicio, condenación… hemos transitado al Dios de amor al que nos remite Jesús de Nazaret.

Del sacrificio pasamos a la vida. A toda vida. Escribe el psicoanalista Roberto Longhi, que «Dios ya no pediría (a Abraham) siquiera el sacrificio del carnero (en sustitución de Isaac), sino que demandaría que lo liberase de su atrapamiento en los matorrales».

El universo mágico, en el que la divinidad intervenía alterando leyes y constantes universales, ha mutado en la autonomía de la creación. El Dios trascendente de nuestras proyecciones subjetivas y alejado de la realidad se ha hecho inmanente por su Espíritu.

La cristología descendente o desde arriba, que desdibujaba la humanidad de Jesús, ha sido atemperada por una cristología ascendente o desde abajo. En la primera de ellas, y en palabras del teólogo José Ignacio González Faus, «la mayoría de los cristianos no llegan a concebir a Jesús como un auténtico hombre. Le atribuyen un cuerpo de hombre, pero no una auténtica psicología y vida de hombre». Se entendía a Jesús como una especie de Dios disfrazado de hombre, pero no un hombre en el sentido completo de la palabra. En la cristología ascendente, es la dimensión humana la que adquiere protagonismo como resultado de las actuales líneas de investigación del Jesús histórico.

Podríamos seguir con más ejemplos, pero lo expuesto, a pesar de su brevedad y carácter sintético, es suficiente para comprobar la evolución de la teología a la que hacemos referencia. También para constatar que estos cambios conceptuales no suelen estar acompañados por una renovación de las formas simbólicas en las que la fe se manifiesta. Nos hallamos, pues, ante una falta de sincronía, entre lo que una teología actualizada nos presenta y su expresión en el plano vivencial.

Esto es así en las manifestaciones de la espiritualidad personal pues, si bien a la luz de los actuales conocimientos, cada vez queda más lejos una imagen antropomórfica de Dios en un cielo imaginario; continuamos dirigiéndonos a Él como si esta imagen correspondiera a la realidad. Hemos experimentado que la oración de petición no es el mecanismo a través del cual logramos que Dios sea funcional a nuestra necesidad; sino el medio para sensibilizarnos respecto a la cuestión por la que pedimos; pero continuamos buscando la intervención divina, olvidando que Dios no tiene otras manos que las nuestras.

Sucede de modo análogo en la celebración comunitaria de la fe. Los símbolos, en sentido amplio que empleamos en los servicios religiosos: textos, narraciones, himnos, oraciones… reflejan, con frecuencia, teologías superadas. Situación cercana a una especie de esquizofrenia al asumir mentalmente nuevos paradigmas teológicos y verbalizar sus contrarios, en ausencia de los símbolos que puedan derivarse de los nuevos postulados cognitivos, por aquello a lo que nos referíamos al inicio del artículo que las nuevas formulaciones conceptuales suelen preceder a su manifestación narrativa o litúrgica.

Pero los símbolos son imprescindibles. Para Carl Gustav Jung, padre de la psicología analítica, el símbolo es consustancial a la naturaleza psicológica del ser humano, vinculándolo al mundo inconsciente y a los arquetipos. Para el teólogo Paul Tillich, el símbolo es el lenguaje de la fe por cuanto sus contenidos inefables no siempre pueden expresarse de modo directo y adecuado.

Llegados a este punto, la pregunta que se suscita no pude ser otra que como actuar en la situación descrita. Como encarar este aparente divorcio entre lo que creo y como expreso lo que creo. No es cuestión baladí, por cuanto afecta a muchos creyentes sinceros. Entendemos que no se trata de tirar por la borda de modo indiscriminado cuanto nos ha acompañado en el camino de la fe y, como si de una situación de urgencia se tratase, empezar a elaborar nuevos registros. Carl Gustav Jung nos recuerda que el símbolo «tiene vida propia […] no puede ser inventado o fabricado». Por su parte, Paul Tillich también participa de la idea que se requiere tiempo para la emergencia de nuevos símbolos que vengan a concordar con lo que la mente ya ha abrazado.

Quizá, en el ínterin, lo más saludable sea emplear lo existente vinculándolo a la actual forma de entender los presupuestos de la fe, sin renunciar a introducir nuevas maneras que puedan terminar por constituirse en los correlatos simbólicos de las nuevas aproximaciones al Misterio, que siempre nos estará velado en su ser fundamental, y al que nos acercamos a tientas.

Jaume Triginé

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