La psicóloga social Carol Tavris (1944) describe la disonancia cognitiva como “la incomodidad que experimentamos cuando tenemos en la mente dos ideas contradictorias o cuando mantenemos una creencia que entra en contradicción con nuestro comportamiento”.[1] Este concepto ya había sido planteado por el psicólogo norteamericano Leon Festinger (1919-1989) para explicar la manera como las personas elaboramos explicaciones, sin fundamento objetivo, para justificar nuestras creencias carentes de verificación y nuestras conductas erróneas.
Tavris afirma que nos engañamos constantemente. “Si un pensamiento o un comentario entra en conflicto con la visión que tenemos de nosotros mismos como personas bondadosas y competentes, nos autoengañamos y justificamos”[2], son sus palabras. Parece que, en términos generales, nos cuesta aceptar las evidencias de nuestros deslices conceptuales o comportamentales. Las posturas negacionistas, propias de los niños, se mantienen también en muchos adultos, especialmente en quienes sacralizan sus convicciones, como sucede, con frecuencia, en el ámbito religioso.
Un primer ejemplo, en este campo, es la disonancia entre las aportaciones empíricas de las ciencias y las creencias subjetivas de cada uno: la apologética, entre el modelo del universo en expansión, a partir del Big Bang, y posterior evolución de la vida hasta alcanzar la conciencia reflexiva en el homo sapiens y, en contraposición al mismo, el creacionismo apoyado en una lectura literal de la Biblia que sigue presente en diversos foros. En círculos conservadores, para no renunciar a sus convicciones, se suele cuestionar o negar el valor de los descubrimientos científicos.
Otros intentan una armonización innecesaria entre las aportaciones contrastadas de las ciencias y las narraciones bíblicas. Así, se han establecido correlaciones entre las eras geológicas y los días de la creación, con la pretensión de establecer una equivalencia entre la ciencia y la fe y, empleando el título de un libro ampliamente divulgado en la segunda mitad del pasado siglo, demostrar que la Biblia tenía razón[3].
Un mínimo vestigio arqueológico se convierte en prueba fehaciente para convertir en historia objetiva un relato mítico. Forma pueril de autoengaño. La forma de erradicar estos supuestos es dejar de considerar contradictorios los registros científico y bíblico y entenderlos como complementarios e igualmente válidos, si bien respondiendo a criterios diferentes: el conocimiento objetivo de la realidad, el primero y, el ámbito de la trascendencia, la espiritualidad y la fe, el segundo.
Un nuevo caso de disonancia cognitiva lo hallamos cuando las ideas y la experiencia marchan por caminos divergentes. La creencia se aferra a las palabras de Jesús: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”[4]; pero, como señala el teólogo Johann Baptist Metz[5], pocas veces se nos concede aquello que suplicamos, casi nunca encontramos lo que requerimos y las puertas a las que golpeamos no siempre se abren.
Con frecuencia la experiencia contradice la expectativa, generando dudas y frustración. De nuevo, los mecanismos mentales entran en juego para recuperar la homeostasis y quedarnos tranquilos. En este caso, el autoengaño, en forma de juegos malabares de naturaleza teológica, consiste en aceptar cualquier infortunio de esta vida como voluntad divina: “el Señor sabe todas las cosas”, o como formando parte de un plan superior: “el Señor sabrá el por qué”. Pero, ¿es posible hacer estas afirmaciones y quedarse tan tranquilos imputando a Dios los sufrimientos de este mundo?
La relación de Dios con el mundo, en su sentido cósmico y antropológico, y el misterio del mal se hallan vinculados a la disonancia cognitiva de una imagen de Dios infinitamente bueno y poderoso, pero que no impide el mal, como expresa el dilema de Epicuro. David Jou, catedrático de Física de la materia condensada, aporta la idea, claramente vinculada al concepto teológico de la autonomía de las cosas creadas, de que puede ser “relativamente saludable distanciar un poco a Dios del mundo, para no atribuirle tantos males. La física cuántica y la evolución biológica presentan un mundo con dinamismo propio, con tanteos que producen, de manera inextricable, novedades admirables y dolores inexplicables”.[6] Asumir que el mundo (en su sentido cosmológico y antropológico) se mueve por sus propias leyes es la manera de resolver esta disonancia.
Constatamos también, con demasiada frecuencia, el empleo del autoengaño para justificar lo injustificable en el plano ético. Los medios de comunicación ponen de relieve la existencia de casos de abuso físico que incluye todo tipo de vejaciones: agresiones, violencia sexual…; de abuso psicológico, como la manipulación emocional, la generación de dependencia; finalmente, las conductas de maltrato en el área espiritual no son una excepción. Las encontramos en situaciones de relación asimétrica entre quienes ostentan posiciones de autoridad en la iglesia y el resto de los fieles. Son ejemplos aquellos casos en los que los líderes emplean su posición (estatus, poder…) de forma abusiva, coercitiva, manipuladora, seductiva, autoritaria para satisfacer sus necesidades del orden que fueren.
En este caso, junto a las posibles justificaciones del culpable para racionalizar su propia conducta abyecta, culpabilizando a otros o a las circunstancias; llama la atención la forma de resolver este tipo de disonancia cognitiva por parte de muchos de los testigos de estas conductas infames. El autoengaño puede ser también colectivo, grupal y suele consistir en justificar más al culpable que en mostrar empatía hacia las víctimas. “Somos humanos”, “nadie es perfecto”, “el que esté libre de pecado tire la piedra el primero”, “puede pasarle a cualquiera”, suelen ser algunos de los comentarios exculpatorios. El criterio de justicia es fundamental e insustituible en estos casos. No hay patente de corso.
Está en lo cierto la psicología al describir nuestra tendencia a racionalizar y/o justificar las creencias contradictorias o las conductas de ellas derivadas, a fin de minimizar el malestar, las dudas, la confusión… que originan; aunque para ello tengamos que recurrir a argumentos espurios. Se trata de los mecanismos de defensa de los que nos alerta el psicoanálisis. Es, pues, evidente que el cerebro nos juega malas pasadas con frecuencia. El psicólogo Josep Pujol nos recuerda que: “En determinadas personas, ciertas creencias son tan troncales, tan nucleares para sus vidas, que se convierten en verdades absolutas que no dejan espacio para su cuestionamiento”.[7]
Solo siendo conscientes de esta dinámica mental, podemos evitar el autoengaño y modificar los pensamientos disonantes por contenidos mentales fundamentados en la razón y las evidencias. Recuperando a Tavris: “Todos deberíamos tener creencias que sustenten nuestra vida, pero deberíamos de poder cambiarlas si fuese necesario”.[8]
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[1] Sanchís, I. (2025). La Contra: Nadie se cree uno de tantos. La Vanguardia. 21 de octubre del 2025.
[2] Ibídem.
[3] Se trata del libro de Werner Keller: Y la Biblia tenía razón. Ediciones Omega. Barcelona, 1990.
[4] Mt. 7,7
[5] Metz, J. B. (2007). Memoria passionis. Editorial Sal Terrae.
[6] Jou, D. Pensar la creació. Editorial Albada. Barcelona, 2024
[7] Pujoi, J. T’ho creus? Una aproximació cognitiva a la psicología de les creences. Pagès Editors. Lleida, 2025.
[8] Ibídem.
