Posted On 21/09/2013 By In Opinión, Teología With 2890 Views

Cambio de paradigma

La fuerza de los paradigmas es tal que su erradicación es muy difícil y, en algunos casos, imposible. Cuando algo se ha enseñado, transmitido y mantenido como certeza, difícilmente es modificable aun contando con evidencias en su contra. Ha ocurrido en el pasado y ocurre en el presente en los campos del pensamiento filosófico, científico y teológico.

Cuando una determinada imagen de Dios ha arraigado en el imaginario mental su modificación no suele ser fácil. Su sustitución requiere la percepción clara de su distorsión y una nueva imagen, asumida como más cercana y acorde con la naturaleza de lo divino. Constatamos, todavía hoy, cómo la imagen de un Dios punitivo, castigador o que infunde temor impide una vivencia gozosa y festiva de la fe. Situaciones de la temporalidad como la enfermedad, paro laboral, dificultades económicas… son imputadas a Dios (por aquel reduccionismo de que todo procede de Él), interpretadas como castigo y buscando en ellas un sentido trascendente del que posiblemente carecen.

Es el resultado de no haber interiorizado el principio de la autonomía de la creación. Dios, que es eterno, no es la causa de los efectos propios de la finitud del cosmos cuyas dimensiones son el espacio y el tiempo. Cuanto deviene en el espacio-tiempo está sujeto a los principios de la contingencia, de la limitación, de la evolución y de la extinción. Los seres humanos nacemos, nos desarrollamos, envejecemos, enfermamos, morimos. No hace falta apelar a castigos divinos para explicar la dinámica ambivalente de la vida.

La imagen que de Dios hayamos construido a lo largo de nuestra experiencia cristiana contribuye, asimismo, a esta conceptualización. El Dios que premia y castiga en base a criterios que no nos atreveríamos a considerar objetivos (la enfermedad del niño, la explotación de tantas mujeres, las víctimas inocentes de catástrofes naturales…) ha conducido a demasiadas personas a posiciones ateas y se ha convertido en una carga incomprensible para creyentes sinceros.

Habrá que ir con cuidado con la pedagogía de la fe, no fuere que, en lugar de transmitir el sentido positivo de la vida, los énfasis se desplacen al pecado, el castigo, la condenación… y nos instalemos en la pastoral del miedo. La imagen del Dios justiciero provoca su rechazo frontal en el hombre y la mujer contemporáneos, incrementándose las filas de la descreencia.

Es natural que quien ha perdido el trabajo, ha sido víctima de una injusticia (quedarse sin vivienda por no poder pagar la hipoteca concedida sin rigor), ha perdido sus ahorros por haber invertido en productos de riesgo presentados como óptimos por las entidades bancarias, está enfermo, ha sufrido la pérdida de un familiar cercano… se pregunte o mejor pregunte a Dios: ¿por qué? Dejaría de ser humano si no lo hiciese. También Moisés, Elías, Job, Habacuc, Pablo… expresaron sus porqués.

Es cierto que el silencio de Dios es, frecuentemente, demasiado audible. Ahora bien, ¿no se tratará tal silencio de nuestra incapacidad para escucharle, dada la diferencia ontológica del registro?

Ciertamente el tema del mal se nos presenta como misterio no fácil de dilucidar. El mal está ahí como resultado de la finitud, pero no proviene de Dios que, según el relato bíblico, creó buenas todas las cosas. Enfermedad, dolor, sufrimiento no son, pues, castigo de Dios. Dios crea al ser humano para su salvación, para que viva una vida significativa y feliz. Más bien diremos que Dios sufre con nosotros en nuestras circunstancias adversas. Como bien describe el teólogo Andrés Torres Queiruga: Dios no se halla ausente del sufrimiento y la desgracia: sería demasiado inhumano.

El paradigma se invierte. De Dios, como origen de los problemas de la finitud, a Dios presente, como compañero, en el sufrimiento. Y es que Dios no se halla fuera de la realidad, sino en ella, si bien trascendiéndola. La experiencia de Dios es posible en cada experiencia cotidiana en la medida en que Dios es presente en todas las cosas y todas las cosas en Dios.

La imagen del Dios que infunde temor ha de ser erradicada presentando al Dios del amor expresado en la figura histórica de Jesús de Nazaret. En la propia Biblia asistimos a una progresiva depuración de las imágenes de Dios. Del Dios de los ejércitos pasamos a figuras de tono familiar, maternal incluso, a alguien cercano como ocurre en los Salmos. En el Nuevo Testamento, concretamente en el evangelio lucano, una de las imágenes más explícitas del amor de Dios la encontramos en la figura del padre en la parábola del hijo pródigo. Pero la más determinante expresión del amor de Dios la encontramos en el narrador de la parábola: Jesús, cuya vida refleja permanentemente una de las máximas cualidades del amor: la compasión. En muchos momentos de la vida de Jesús quedó patente su compasión por los individuos más débiles a través de un hilo conductor que se iniciaba viendo los problemas, las necesidades de las personas, las situaciones de exclusión…, al que seguía los sentimientos de compasión, para terminar con acciones de misericordia en favor de las personas. El gran compañero que comprende y sufre con nosotros.

Jesús nos permite descubrir que frente a Dios no cabe el temor. Dios está con nosotros acompañándonos en todas nuestra experiencias, tanto aquellas que consideramos más gratificantes, como en los desiertos de la vida por los que en algunas ocasiones tenemos que transitar, proporcionándonos siempre confianza para su superación.

Esta nueva conceptualización de Dios, este cambio paradigmático debe permitir la recuperación de la alegría cristiana. Ello no niega ni impide las necesarias dosis de realismo frente a situaciones complejas; ahora bien, las situaciones críticas no impedirán la serenidad de sabernos envueltos por el misterio de la gracia, sino que más bien, parafraseando a Paul Tillich, nos permitirán el coraje de existir.

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