Posted On 01/04/2013 By In Opinión, Teología With 4112 Views

Creación evolutiva y autonomía de la creación

Con la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin se instaló con fuerza la teoría de la evolución como explicación del origen del hombre. Teoría que pretende explicar el modus operandi a través del cual la vida ha alcanzado el nivel de complejidad que hoy nos es conocido.

Ahora bien, cuando se extrapolan los conceptos científicos y estos invaden las esferas de la historia, de la filosofía y de la teología intentando explicar ya no tan solo el cómo sino porqué aparece un nuevo ismo: el evolucionismo. Cabe distinguir, por lo tanto, la teoría de la evolución, circunscrita al ámbito de lo científico, del evolucionismo como una explicación más filosófica que empírica de la realidad. Por lo tanto, cuando la teoría de la evolución es utilizada dogmáticamente para sostener el ateísmo, el nihilismo y cualquier otro tipo de pensamiento que excluye la existencia de un creador, la teoría científica de la evolución deviene evolucionismo.

Tan poco riguroso es pretender que la Biblia nos explique el cómo de los orígenes, como pretender que la ciencia nos explique el porqué de los mismos, como ocurre con el evolucionismo como ideología.

Por otro lado, cabe recordar que el lenguaje bíblico acerca de los orígenes no es lenguaje científico, sino un testimonio de fe en Dios como origen y finalidad de todas las cosas. La lectura historicista y literal de la Biblia ha sido más el resultado de la cultura de una época que el fruto de una auténtica tradición cristiana. Es a la ciencia a quien corresponde señalar el cómo, siendo en la Biblia donde hallamos respuestas a los interrogantes: qué, por qué, para qué… que la ciencia actual no alcanza a contestar.

El creacionismo, muy extendido en círculos conservadores, entiende que el relato del Génesis expresa la cronología y la metodología de Dios en relación con la creación; interpreta los primeros capítulos de la Biblia de una forma literal, siendo crítico con los postulados de la ciencia. Se trata de una situación de confrontación entre la fe y la ciencia. Es recuperar el viejo debate entre fideístas y racionalistas estrictos del siglo XIX.

Desde las posiciones creacionistas, aun sin pretenderlo, el dilema acerca del problema del mal (físico o moral) se desplaza de las estructuras creadas con sus limitaciones, imperfecciones, disfuncionalidades… al creador responsable del diseño de tales estructuras. Así, en consideración a la complejidad del cosmos y de la vida se ha acuñado la expresión diseño inteligente que habrá que extrapolar a la totalidad de la realidad en la que coexisten los elementos de admiración y asombro con los del dramatismo existencial que nos hacen cuestionar la bondad del diseño.

En cambio, desde la consideración de la autonomía de la creación es posible asumir, sin tensión ni ambivalencia, que los acontecimientos físicos como terremotos, irrupciones volcánicas, inundaciones… con las consecuentes secuelas de muerte y dolor forman parte de la finitud y del devenir geológico del planeta y hacen innecesaria la pregunta acerca de por qué Dios lo ha permitido. Igualmente, desde la autonomía de la creación podemos comprender que las disfuncionalidades de todo orden, las enfermedades, el deterioro progresivo, las múltiples limitaciones o el mal moral no son imputables al diseño, sino que forman parte de las leyes y los procesos naturales, de nuestra propia contingencia y, en muchas ocasiones, de nuestras decisiones.

El creacionismo es una aportación teológica discutible por las implicaciones que ya hemos considerado al establecer una relación de causa-efecto entre el diseño y su fenomenología. Además, una hipótesis que no pueda examinarse de forma empírica difícilmente puede ser considerada como científica. Los principios de la autonomía de la creación, ya expuesta, y de la creación evolutiva vienen a superar este callejón sin salida.

El concepto y modelo de creación evolutiva viene a superar esta confrontación, por cuanto compatibiliza creación (término religioso que sobreentiende la existencia de Dios como principio causal) con evolución (término científico que explica el desarrollo de la vida).

Los creyentes identificados con el modelo de la creación evolutiva consideran que Dios es poderoso para crear lo existente a través de una evolución como modus operandi. Que es la ciencia y no la teología quien tiene la última palabra sobre el cómo. Dios continúa siendo el referente final y la evolución acontece por la voluntad creadora de Dios.

K. Rahner explica la dificultad que representa la aparición de formas complejas a partir de formas más simples mediante la autotrascendencia activa de la materia que culmina en el espíritu y por medio de la acción trascendental divina como dinamizadora de los procesos que desde la materia inorgánica han permitido alcanzar la dimensión espiritual del ser humano.

Es innecesaria, por lo tanto, la pretensión de conciliar los primeros capítulos del Génesis con las aportaciones de la ciencia. No es necesario el intento de armonización porque la ciencia y la fe no están en contradicción, ya que tratan cuestiones diferentes. La ciencia tiene como objetivo descubrir y explicar los procesos naturales, mientras que la fe aborda las cuestiones acerca del sentido de lo existente. La comprensión de hallarnos frente a dos apuntes diferenciados, la Biblia como relato de fe que afirma el origen trascendente del hombre y la ciencia, a través del registro fósil, como expresión del devenir histórico, evita estas no siempre fáciles conciliaciones.

El propio Tomás de Aquino postulaba que la verdad alcanzada por el correcto uso de la razón y la revelación bíblica no podía ser contradictoria, ya que si se daba algún tipo de discordancia ello era debido a una hermenéutica errónea de la Palabra de Dios o a un proceso racional equivocado.

 

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