Últimas publicaciones
Posted on 16/12/2025 by Jaume Triginé  in  Opinión, portada

De desencanto en desencanto | Jaume Triginé

f 𝕏 W

El Diccionario de la Real Academia Española define la palabra desencanto como: “decepción, desilusión”. Psicológicamente hablando, es la distancia emocional entre las expectativas y la realidad. Con una relativa frecuencia, tanto personas como grupos sociales experimentamos la frustración que se deriva de este desajuste. Es una constante universal que, con mayor o menor grado de afectación, acompaña el devenir humano.

Durante los años de transición de la premodernidad a la modernidad, se produjo un importante desencanto. El modelo teísta de la divinidad entró en crisis. Hasta este momento, Dios había sido entendido como un ser sobrenatural que habitaba en un cielo metafísico, propio de las cosmovisiones de la antigüedad, sobre el que se proyectaban atributos compensatorios de nuestra contingencia: eternidad, omnipotencia, omnisciencia y omnipresencia. Imaginado de manera antropomórfica: celoso, vengativo, bondadoso, compasivo, justo…

A partir de los nuevos conocimientos, científicos y filosóficos, resultado de la entrada en la modernidad, Dios empezó a ser entendido como: el Fondo último de la realidad, el Ser, el Misterio inefable que no se halla “fuera”, sino en nuestra propia interioridad. Sin proyecciones. Fue la recuperación de una inmanencia de la que el cristianismo se había alejado durante siglos, enzarzado en conceptos filosóficos y dogmáticos.

Durante la Edad Media y durante una buena parte de la Edad Moderna, la iglesia impregnaba todas las áreas personales y sociales. Nombraba reyes, coronaba emperadores, los destituía o excomulgaba. La concepción del hombre, de la historia o de la cosmología estaba subordinada a la cosmovisión de la iglesia. Un ejemplo, entre otros muchos, fue el caso del astrónomo Galileo Galilei (1564-1642) y las dificultades a las que tuvo de hacer frente al defender la teoría heliocéntrica, frente a la teoría geocéntrica que propugnaba la iglesia en aquel momento.

Con la llegada del Racionalismo y de la Ilustración, empezó a tomar forma una cosmovisión que entendía el universo como un sistema que puede ser explicado a partir de las leyes y constantes universales… sin necesidad de recurrir a factores míticos o sobrenaturales como podía ser la idea de Dios. Las explicaciones religiosas fueron sustituidas por las científicas y la técnica tomó el lugar del rito.

La expansión del pensamiento racional; los nuevos conocimientos científicos; la industrialización; las explicaciones aportadas por los maestros de la sospecha: Karl Marx (1818-1883), Friedrich Nietzsche (1844-1900) y Sigmund Freud (1856-1939); las utopías políticas de una sociedad nueva… dibujaron un escenario de optimismo antropológico que la realidad posterior se encargó de desmentir: la recesión económica y social de 1929, las dos guerras mundiales y sus secuelas de horror, el holocausto judío, la crisis de los dos principales proyectos sociales como el socialismo y el capitalismo. Es el desencanto respecto a la propia modernidad.

Cierto que durante estos últimos años se ha avanzado extraordinariamente desde un punto de vista técnico y económico, si bien no de una forma homogénea ya que se mantienen grandes desigualdades en muchos de los rincones del planeta. Se han descubierto leyes universales que permiten enviar sondas espaciales hasta los límites de nuestro sistema solar; la medicina está alargando la calidad vida hasta edades utópicas para generaciones anteriores; el post-humanismo nos promete la eternidad. Ahora bien, el desarrollo moral no ha progresado del mismo modo que el tecnológico. El hombre se ha convertido en mercancía; en recurso; en objeto de cálculo, de explotación y de dominio.

También hemos descubierto que no podemos simplificar la realidad, que no todo puede explicarse mediante leyes físicas o fórmulas matemáticas. Continúan sin respuesta las llamadas preguntas últimas: ¿por qué hay algo en lugar de nada?, ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos en el mundo?, ¿adónde vamos?, ¿tiene todo algún sentido? y los problemas no resueltos, como la cuestión del mal o el sufrimiento de las víctimas, siguen tan vivos como siempre.

El hombre ha descubierto que todas sus esperanzas en que la razón, la técnica y el progreso resolverían todos sus problemas y le conducirían a un estado de felicidad y bienestar se han venido abajo. La crítica que antaño se dirigía a la religión, ahora se dirige contra el racionalismo exagerado, los modelos neoliberales, contra el sistema en sí. Pero el vector de la historia y del tiempo empuja hacia adelante y, ante el desencanto de la religión institucionalizada y de las utopías de la modernidad, el paradigma emergente es el de la recuperación de la espiritualidad personal[1].

Se va extendiendo la aceptación de la espiritualidad como categoría innata, como habían expuesto Carl Gustav Jung (1875-1961), fundador de la psicología analítica o Vicktor E. Frankl (1905-1997), psiquiatra austriaco fundador de la logoterapia. Este reconocimiento significa que nos hallamos ante una dimensión de la personalidad fuertemente arraigada en las profundidades del psiquismo.

La espiritualidad, entendida como una dimensión fundamental del ser humano puede darse, y de hecho se da, dentro y fuera de los organismos religiosos. El éxito de la reciente película de Alauda Ruiz de Azua (1978), Los domingos o el último álbum de Rosalía (1992), Lux ejemplarizan esta necesidad de trascendencia; también las llamadas espiritualidades laicas[2] que expresan, asimismo, la liberación del corsé dogmático que representó, en el mundo occidental, la iglesia institucionalizada. Como bien expresa Boris Cyrulnik (1937), uno de los grandes referentes de la psicología actual, padre de la noción de resiliencia: “El surgimiento de la espiritualidad no depende necesariamente de las instituciones religiosas. La espiritualidad es universal, inherente a la condición humana mientras que las instituciones religiosas dependen del contexto cultural”[3].

Si nos situamos en nuestro presente, podemos hablar de una cierta generalización del desencanto. La decepción, tanto en el ámbito religioso como en el político, que ha representado la transición de la premodernidad a la modernidad, está alcanzando proporciones alarmantes. Quizás más ahora que en su momento histórico. Como si se tratase de un efecto retardado. Una posible explicación la hallamos en el hecho de que las expectativas en los pasados siglos tuvieron sus limitaciones y no alcanzaron a más segmentos sociales por las características de sus medios de comunicación. Sin Internet, whatsapp, redes sociales…, ¿cuántas personas leyeron a Tomas Hobbes (1588-1679) o a Baruch Spinoza (1632-1677)?; incluso más recientemente ¿cuál ha sido el seguimiento de los teólogos de la secularización[4], en entornos mayoritariamente tradicionalistas?

En términos generales, sólo se disponía de la información de los acontecimientos sucedidos; de los libros publicados; de las nuevas ideas surgidas en círculos intelectuales… en la proximidad en la que se gestaban estas potenciales semillas de transformación; se requería de tiempo para saber lo que sucedía en lugares recónditos del planeta.

La inmediatez de la información ha transformado este panorama. La información en tiempo real nos permite conocer los casos de corrupción, los intereses partidistas, la superficialidad en el tratamiento de las cuestiones, el enriquecimiento ilícito de algunas élites… en el momento en que se producen. Se extiende el desengaño y la indignación.

Si nos situamos en el campo religioso, los libros, las conferencias, los estudios están al alcance de quien lo desee. Desde el conjunto de la información disponible, aumenta el número de quienes consideran que el teísmo tradicional debe ser revisado, que el Dios antropomórfico no existe, que la iglesia institucionalizada ha perdido credibilidad, que las lecturas literales de los textos bíblicos ya no tienen más recorrido, que sus hermenéuticas no pueden entrar en contradicción con los Derechos Humanos… El resultado: la insatisfacción, el abandono de la iglesia, la búsqueda, nunca acabada, de espacios de mayor coherencia, el ensayo de nuevas espiritualidades, el agnosticismo, el ateísmo, la indiferencia religiosa… o, la radicalización de las creencias propias de la premodernidad son el pan nuestro de cada día.

Demasiados desencantos como para no perder la esperanza; pero, ¿podemos prescindir de ella?

__________________________

[1] Un trabajo interesante para profundizar en esta cuestión es el libro de Otón, J.: El reencantament postmodern. (2012). Editorial Cruïlla.

[2] Consultar: Corbí, M. (2007). Hacia una espiritualidad laica. Herder Editorial, S.L. y De Ahumada, L. (2015). Espirituals sense religió. Fragmenta Editorial.

[3] Cyrulnik, B. (2024). Psicoterapia de Dios. Gedisa Editorial.

[4] Nos referimos especialmente a Paul Tillich (1886-1965), Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) y a la desmitologización de Rudolf Karl Bultman (1884-1976).

 

Jaume Triginé

¿Quieres comentar?