Posted On 31/05/2014 By In Pastoral, Psicología With 2256 Views

De los sentimientos de culpa

Los sentimientos de culpa aparecen cuando tenemos conciencia de haber realizado algo indebido. San Pablo expresaba sus sentimientos con estas palabras: No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco. También la conciencia da sus toques de alerta cuando dejamos de hacer lo debido. El apóstol también lo expresaba con estos términos: No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Por lo tanto, son sentimientos que surgen tanto por la realización de acciones contrarias a nuestra conciencia moral, como por la omisión de aquello que sabemos que deberíamos haber hecho.

Sin la voz de la conciencia moral viviríamos completamente desorientados en relación con principios y valores. Todos tendrían idéntica significación. Podríamos instalarnos en una determinada conducta y en su contraria. Sentirse culpable frente a determinadas acciones u omisiones es signo de madurez. Necesitamos esta estructura psíquica para tomar conciencia de nuestro distanciamiento del sano ideal del Yo.

Sin reconocimiento de culpa, difícilmente podría darse la transformación de la conducta indebida y la orientación a la correcta. Este sentimiento, que cursa con un fondo de tristeza,  tiene una finalidad reparadora. Es una necesidad de nuestra estructura profunda de personalidad. Es un sentimiento, pues, funcional que contribuye al desarrollo integral de la persona y a su madurez emocional.

Ahora bien, no todos los sentimientos de culpa son de naturaleza funcional. Existen también sentimientos disfuncionales de naturaleza neurótica. Son el resultado de la interiorización, ya en la infancia, de pautas, normas, exigencias… por parte de entornos familiares autoritarios, normativos, perfeccionistas… y del miedo al castigo en caso de incumplimiento. Es la ley externa instalada e interiorizada en la estructura psíquica. Es el Súper-Yo del que habla la teoría psicoanalítica.

Son las necesidades de protección y afecto las que comportan que el niño o la niña asuman como propias las exigencias de la constelación familiar y que, en caso de incumplimiento, aparezcan los sentimientos de culpabilidad.

El proceso educativo, especialmente la educación y la praxis religiosa, continúa alimentando la conciencia moral. Y el resultado tanto puede conducir al establecimiento de una espiritualidad sana, que siente haber pecado y busca la reparación del posible mal causado; como a los sentimientos de culpa de naturaleza neurótica vinculados a la introyección de una normatividad enfermiza y ajena a la libertad que el Espíritu de Dios proporciona.

Muchos sentimientos de culpa disfuncionales son el resultado de falsos conceptos de Dios. La imagen de un Dios que decreta y prohíbe o la presentación de la ley más como norma que como camino contribuyen a alimentar la existencia de una relación de actos cuyo incumplimiento producirá la culpa. Es el resultado derivado de la percepción de haber transgredido unas determinadas normas morales, más vinculadas, en muchos casos a situaciones culturales y contextuales que a una auténtica ética de validez universal.

La imagen de un Dios que castiga, propio de la iconografía de los retablos góticos, renacentistas o barrocos, puede llegar a generar un miedo superior al miedo del niño frente al castigo paterno; mientras que el castigo paterno tenía una duración limitada, el castigo divino será eterno. La transmisión de esta imagen es propia de la pastoral del miedo, todavía presente en muchas comunidades, que enfatiza más aspectos como la muerte, el juicio y las penas del infierno; en lugar de destacar el amor de Dios y la positividad de la vida cristiana.

La imagen del Dios que infunde temor ha de ser erradicada presentando en su lugar al Dios del amor manifestado en la figura histórica de Jesús de Nazaret. En la propia Biblia asistimos a una progresiva depuración de las imágenes antropomórficas de la deidad. Del Dios de los ejércitos pasamos a figuras de tono familiar, maternal incluso, en los Salmos.

El legalismo, siempre difícil de erradicar completamente, se halla también, en muchos casos, en la base de la culpabilidad disfuncional. Muchas personas viven angustiadas al no alcanzar el nivel de exigencia que su rígida conciencia les señala. La dependencia de un listado de acciones permitidas o no permitidas siempre es cómoda ya que evita tener que tomar las no siempre fáciles decisiones autónomas. Pero el legalismo niega la gracia de Dios, no tiene en cuenta la situación concreta y hace sentir culpable al trasgresor.

Si bien, fuera del marco que representa la relación de unas leyes y unas prescripciones que lo prevén y determinan todo, es difícil establecer para cada momento la pauta de conducta ideal, se hace imprescindible aprender a encontrar en cada contexto una norma inspirada en el amor que supere la rigidez de las leyes descontextualizadas. Es la ética de situación descrita por el pastor, teólogo y mártir Dietrich Bonhoeffer.

Es fácil confundir a Dios con aquella especie de policía que es la estructura psíquica del Súper-Yo. El texto de la primera carta de Juan ayuda a colocar las cosas en su sitio. Desde el criterio de la coherencia entre nuestras palabras y nuestros hechos, desde la práctica del amor y el compromiso en función de nuestra realidad vital: que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino que se demuestre con hechos, Juan despliega una extraordinaria línea de pensamiento: la pacificación interior frente a la culpabilidad. De esta manera sabremos que somos de la verdad y podremos sentirnos seguros delante de Dios. Si nuestro corazón nos acusa de algo, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo.

Delante de los remordimientos, de los sentimientos de culpabilidad, de pensar si hemos hecho demasiado o demasiado poco; se alza la afirmación Dios es más grande que nuestro corazón (o conciencia). El rostro de Dios no es el del juez al que nada escapa, sino el rostro del amor al cual nada le resulta inexplicable. Dios comprende como comprende todo aquel que ama. Juan diferencia claramente a Dios de la conciencia moral. Escribe el pastor y teólogo reformado Daniel Marguerat: Dios es más grande que nuestra conciencia porque tiene acceso a nuestro ser íntimo, a la realidad profunda de cada uno. Pero aquello que sabe, lo sabe con su saber; y este saber es el de la acogida.

Los sentimientos de culpa angustian y paralizan. Dios libera.

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