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Posted on 20/01/2026 by Jaume Triginé  in  portada, Teología

Del respeto a las plurales comprensiones de lo divino | Jaume Triginé

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Intuimos la dimensión última de la realidad desde nuestro marco mental o esquema interpretativo, que hemos ido elaborando a lo largo de la vida, en el que las creencias religiosas de cada uno han contribuido, de modo notable, en su configuración. Es nuestro mapa de la realidad que nos permite orientarnos en ella y que incluye la dimensión de la espiritualidad.

Al adentrarnos en el ámbito de cuanto nos trasciende, la razón es un recurso insuficiente ante aquello que no puede comprender ni explicar. El intelecto no puede seguir avanzando frente a lo que le es inaccesible, por lo que, a falta de conocimientos objetivos, será el asombro y la fascinación ante la realidad lo que determinará que sea la fe la que tome el relevo, como un eco de las palabras del filósofo y matemático Blaise Pascal (1623-1662): “el corazón tiene razones que la razón no entiende”[1].

Pero la propia complejidad que nos circunda y nuestra orientación a la transcendencia nos inducen a una cierta concretización descriptiva del misterio, olvidando la prudencia que recomendaba el filósofo austriaco Ludwing Wittgenstein (1889-1951): “de lo que no se puede hablar, hay que callar”[2]. Así, desde los albores de la historia, el género humano ha intentado explicar lo que escapaba a su comprensión, aunque para ello tuviera que recurrir a símbolos, analogías, relatos míticos como el Gran Espíritu de los nativos norteamericanos, el tetragrama YHWH hebreo, los atributos de Allah en la fe islámica o la sílaba Om en el hinduismo…

En el cristianismo, todo cuanto lleva aparejado el término teísmo contribuye a establecer toda una serie de conceptos que se hallan más cercanos a la interpretación subjetiva de lo divino que a revelar su ontología. No contamos con los recursos cognitivos necesarios para abordar su esencia y acabamos proyectando parte de nuestra psicología.

En el tránsito de la cultura de los cazadores-recolectores a la vida sedentaria de los ganaderos-agricultores (aumento de población, construcción de ciudades, templos, jerarquización de la sociedad…) suele situarse el origen del teísmo. Su principal formulación: la existencia de un Ser supremo (como un ente más), imaginado de manera antropomórfica, con atributos compensadores de nuestra finitud, situado en un cielo abstracto, más allá del espacio y del tiempo, interviniendo en el devenir de nuestra historia y actuando de forma sobrenatural en favor de unos, en detrimento de otros.

La modernidad ha zarandeado estas comprensiones de los pasados siglos, abriendo otros modelos de entender lo divino más acodes con el actual estado de conocimientos. Asimismo, en nuestro mundo globalizado, es imposible ignorar la pluralidad de perspectivas, aproximaciones y accesos al misterio último de la realidad que todo lo abarca y sostiene. Visiones trascendentes e inmanentes. Monoteístas y politeístas. Panteístas, teístas y deístas. Tradiciones aborígenes y nuevas espiritualidades…

De este mosaico se deriva, en palabras del teólogo y antropólogo Javier Melloni, que: “hay un fondo, un excedente permanente de sentido, de realidad y de presencia que no puede ser contenido en ningún receptáculo”[3]. Ni en nuestra pretensión de hacerlo. Por ello, nuestras aspiraciones (entre conscientes e inconscientes) de comprensión exclusiva de lo divino pueden llegar a traducirse en un cierto supremacismo espiritual al considerar de menor rango las opciones de los demás, en ocasiones incluso dentro de una misma confesión, olvidando el criterio universal y definitivo de la conciencia personal, a la que alude el apóstol Pablo en su escrito a los cristianos de Roma[4]. Como nos recuerda Melloni: “Cada religión tiene la certeza de que lo que ha sido revelado en ella está libre de contaminación y exento de finitud”[5]. Vana pretensión. La subjetividad, las limitaciones, la fragmentación… nos alcanzan absolutamente a todos. No puede ser de otro modo.

Pero, es desde esta pluralidad de expresiones espirituales incompletas, limitadas, parciales… que es posible vislumbrar algo del misterio del que emanan. Jesús Martínez Gordo profesor en la Facultad de Teología de Victoria-Gasteiz (1954), plantea la existencia, en la realidad que nos circunda y que incluye las diversas religiosidades, de un lenguaje de insinuaciones, transparencias, signos, huellas, murmullos… que apuntan a un fundamento último[6].  Como también describe Melloni: “lo inmanifestado solo es accesible a partir de lo manifestado”[7].

¿Es, pues, la propia finitud la mediación a través de la cual se transparenta lo sagrado? ¿Es posible que en el universo en expansión del que formamos parte, en el mundo que habitamos, en la eclosión de la vida, en el proceso evolutivo del que participamos, en las gotas del rocío matinal, en los colores y las formas con las que nos obsequia la naturaleza, en las diversas espiritualidades, en la sonrisa de los niños y las niñas… descubramos las insinuaciones que nos remiten al fondo sin forma que nos constituye?

No es ecuánime elevar nuestras convicciones personales a la categoría de verdades absolutas. Cabe huir del fanatismo y de la intransigencia. No poseemos el patrimonio de la verdad definitiva; esta siempre nos trasciende y no podemos (ni debemos) encorsetarla en los rígidos marcos de nuestras definiciones doctrinales y rituales. No podemos negar a los demás el pan y la sal de su derecho a comprender de modo diferente el mundo de la trascendencia.

Debemos superar prejuicios históricos y condicionamientos culturales para seguir apostando, desde las propias convicciones, por el diálogo ecuménico, por las relaciones interreligiosas y por las relaciones interpersonales en su sentido más amplio. Es tiempo de considerar el legado de las diversas tradiciones, incluidas las laicas, de convivir y colaborar con ellas en la consecución de una sociedad más justa, más fraternal, colaborativa, respetuosa con todos, más libre, pacificada, equilibrada, defensora de los derechos humanos, comprometida en la defensa del planeta… En síntesis, más humana.

____________

[1] Pascal, B. Pensamientos. Ediciones Obelisco. Rubí, 2012.

[2] Wittgenstein. L. Tractatus lógico-philosophicus. Editorial Titant lo Blanch. Valencia, 2025.

[3] Melloni, J. Perspectivas del absoluto. Una aproximación místico-fenomenológico a las religiones. Herder Editorial. Barcelona. 2018.

[4] Ro 2,14-15.

[5] Ibídem.

[6] Idea desarrollada en el libro: Martínez Gordo, J. Ateos y creyentes. PPC Editorial. Madrid, 2019.

[7] Ibídem.

Jaume Triginé

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