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Posted on 03/05/2013 by Jaume Triginé  in  Biblia, Opinión

El camino de Emaús: un éxodo hacia el exilio

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La tarde del domingo de Resurrección, dos discípulos de Jesús, impregnados de tristeza y desánimo, abandonan Jerusalén camino de Emaús. Sus expectativas mesiánicas se han desvanecido. Su fe se ha apagado. Ya no esperan otra cosa que seguir con sus viejas costumbres. No tiene ningún sentido continuar juntos. Si Jerusalén representaba el centro de la espiritualidad y de experiencias extraordinarias con Jesús, Emaús representa el exilio y el abandono de sus convicciones.

Tristemente, la experiencia de Emaús se repite. Son demasiados los cristianos que hoy marchan de su Jerusalén particular (como metáfora o símbolo de la iglesia) para encaminarse a Emaús (como expresión de las diversas alternativas que la insatisfacción produce). Recientemente, han aparecido en los medios cifras que obligan a la reflexión. En Alemania, cuna de la Reforma, se considera que entre 120.000 y 150.000 personas abandonan las iglesias protestantes históricas cada año. La iglesia católica presenta cifras análogas e incluso superiores. Algunos de sus edificios son vendidos y destinados a albergar restaurantes, oficinas, pistas de baile… Estas cifras no dejan de ser un reflejo de lo que está aconteciendo en nuestra Europa de matriz cristiana.

Entre nosotros las cosas parecen marchar en la misma dirección. Algunas estadísticas señalan que en torno a tres de cada cinco jóvenes abandonan la iglesia. Aparentemente, tienen todo para creer: han sido instruidos en un contexto de fe y espiritualidad, conocen la Biblia, han asistido a campamentos infantiles, han participado en actividades juveniles…; pero todo ello es inútil, terminan por abandonar la iglesia. Este éxodo afecta también a personas adultas que miran la iglesia con pesimismo y desencanto. No es la que quisieran y por la que han invertido tiempo y esfuerzo.

No todas las salidas de Jerusalén son idénticas. Hay quienes permanecen dentro de sus muros, si bien frustrados al comprobar que sus expectativas de una iglesia más fiel a Jesucristo y comprometida en la construcción de una sociedad más humana, más libre y fraterna quedan muy alejadas de la realidad. Otros han lanzado la toalla y se han distanciado emocionalmente de la iglesia; siguen confesándose cristianos, pero han perdido interés por la institución. Los hay que marchan sin un destino fijo y en una especie de turismo eclesial van visitando diferentes comunidades a la búsqueda de un espacio que satisfaga sus necesidades espirituales, emocionales y sociales, tanto a nivel personal como familiar. Ya se ha institucionalizado también la figura del cristiano sin iglesia fija. Otros optan por las nuevas formas emergentes menos institucionalizadas. Finalmente, hallamos la categoría del cristiano sin pertenencia eclesial.

Emaús representa también el regreso a posiciones anteriores a la creencia. Son aquellas personas que han dejado el camino de la fe y que no tienen ninguna dificultad en manifestarse como agnósticos o ateos tras un pasado creyente.

Esta situación crítica afecta también al liderazgo de las comunidades. Así, vamos teniendo noticia de pastores que han dejado las iglesias que ministraban y, en ocasiones, el propio ministerio; pastores con el síndrome del burnout: bloqueo emocional, trato despersonalizado de los demás, sentimientos de culpa…; pastores con problemas de identidad: dudas respecto a la vocación, abandono temporal o definitivo del ministerio…

Si desviamos la óptica a las iglesias locales, nos hallamos frente a una pluralidad de formas y momentos en la vivencia comunitaria de la fe y en la praxis eclesial, lo que significa la coexistencia de comunidades tanto renovadas como lastradas por el tiempo. Hecha esta salvedad y asumiendo el elemento diferencial, con frecuencia nos encontramos con iglesias que presentan una pirámide de edad envejecida, por el abandono de la institución de las nuevas generaciones. Iglesias con un bajo número de miembros que comporta la necesidad de agrupar varias comunidades para poder subsistir, con la reducción de la presencia y testimonio que ello comporta.

¿Qué es lo que ocurre cuando tras la fachada de aparente normalidad -como señala el teólogo H. Küng- la casa se nos está viniendo abajo? O más concretamente, ¿por qué se nos desmorona? Señalar una sola causa es un reduccionismo simplificador que no explica la situación de la iglesia en el momento presente. Sin duda hay causas externas, pero también internas.

Lo fácil y menos comprometido es apelar a la secularización que nos envuelve. Ahora bien, diferentes estudios ponen de manifiesto que, a pesar de ella, la espiritualidad no ha sido erradicada, como evidencia el cambio que se ha producido en muchas personas de una vivencia colectiva de la fe a una experiencia más personal. También por el hecho del desplazamiento de la pertenencia a iglesias tradicionales hacia nuevos modelos de espiritualidad. Por todo ello, la pregunta que no podemos evitar es ¿cuál es el grado de responsabilidad de la iglesia en todo ello?

Ello nos conduce reflexionar sobre las causas internas que son muchas y que requerirían para su subsanación, entre otras acciones, una mejor preparación de algunos de los líderes, una teología más actualizada, un mayor énfasis en las cuestiones que realmente preocupan al hombre y a la mujer de nuestro tiempo, un lenguaje más comprensible para una generación con una formación religiosa de mínimos, una liturgia con puntos de anclaje para las diferentes edades y estructuras de personalidad, una actitud menos discriminatoria y más inclusiva, una mayor centralidad en la figura de Jesús y en los valores contraculturales del Reino de Dios.

No todos cuantos dejan Jerusalén e inician su exilio hacia Emaús son personas sin inquietudes, que han perdido la fe o que prefieren reconstruir su proyecto de vida al margen de Dios. Muchos son empujados hacia Emaús por la falta de coherencia percibida en la comunidad de fe. Por el divorcio entre la teoría doctrinal o ética y una práctica en ocasiones distante del relato transmitido.

La solución óptima no es alejarse de Jerusalén, sino rehacer la vinculación y el compromiso con la comunidad de fe y con otros cristianos con los que poder compartir y reanimar la esperanza en Dios. Es momento para la acción profética reflexionando con rigor sobre nuestras crisis, ofreciendo orientación e inspiración a personas y grupos. Al igual que los discípulos de Emaús, tenemos que decirle a Jesús: Quédate con nosotros. Y es que cuando desaparecen las expectativas, sólo queda lugar para la esperanza. La esperanza de que Jesús sea el centro de nuestras comunidades de fe y de vida y no sea necesario el exilio.

Jaume Triginé

6 comentarios

  1. Excelente artículo, da para mucho Nunca lo había pensado. Venimos de afuera, conocemos el afuera lo cual es necesario al entrar a fin de dar respuestas.Lo preocupante es cuando se sale al afuera en ese exilio que cita el autor.Volvemos de donde un día salimos.Ahora ¿cómo volvemos? Aportamos algo?

  2. Por el título del artículo, uno espera más,un éxodo hacia un exilio, sugiere que va a hacer un intento exegético de desentrañar la posibilidad de una matriz hermenéutica entre los referentes del éxodo y el exilio y la posibilidad lucana de haberla usada para narrar ese episodio. Ahí la primera decepción del artículo. La segunda es no aclarar de que sólo se trata de un recurso ilustrativo imaginario, posibilitario como ejercicio alegórico y analógico desde allí, desde una simbolización y nada más, para que los que pudiesen esperar un trabajo exético y hermenéutico textual, contextual, «formal», siguiendo la vía de la narrativa, no cayeramos en tal decepción.

    Por lo demás, un bonito e inteligente sermón para un pueblo culto.

  3. Interesante aplicación de los caminantes. Lo que me da esperanza, siendo una peregrina, es eso, la esperanza que albergaron al revelarse el Maestro ante sus ojos.
    La frustración, la pena, cambio de rumbo hacia la esperanza.
    Y como una caminante de Emaús, que pretende encontrarse contínuamente con el Cristo, mantengo la esperanza de que los cambios que vamos haciendo, aún sutiles, aún con oposición, generarán que otros quieran caminar con el Maestro, otra vez.

  4. Es una lectura interesante del relato de Lucas.Las personas, siempre hacemos un recuento de lo que nos pasa en el contexto que vivimos. Algunos acontecimientos como el sucedido con Jesús en Jerusalén, producen un impacto que si no cambia por completo el rumbo de la vida, desconcierta hasta romper esas estructuras que velan los ojos.
    Cleofás y su compañero, regresaban a casa, frustrados por el «fracaso» del Proyecto de Jesús. Su aspiración de la liberación mesiánica no se había cumplido y estaban desconcertados. He visto a tanta gente en mi país cómo se han desconcertado cuando sus proyectos fracasaban frente a las circunstancias de crisis económica y social. En medio de la desesper5ación, la esperanza se perdió dentro de sus ojos, no pudieron ver más allá.
    Me gusta la experiencia de estos dos peregrinos de Emaús.1) En ese desconcierto que les aleja del centro, Jesús les alcanza, los acompaña y les da «palabras de vida»; 2)Jesús acede pronto a la invitación y se sienta a la mesa para la cena; 3)La bendición del pan, abre los ojos velados y reconocen que el tercer peregrinos es Jesús resucitado, presente entre ellos y se dan cuenta por qué ardían sus coraazones cuando les hablaba la Palabra.
    Que hermosa experiencia con el Cristo resucitado, hermano Jaume Triginé. Muchas bendiciones

  5. muy buen articulo, la iglesia a perdido la pasión por CRISTO, por predicar la palabra, simplificando la vida del cristiano en ir a la iglesia los domingo o tocar en el grupo de alabanza, el entender el verdadero significado de seguir a CRISTO es renunciar a la vida misma para hablar de EL cosa que la iglesia ahora ignora por completo y solo algunos pocos estan dispuestos a hacerlo, nadie puede amar algo que no le ha costado nada, osea nadie puede amar a CRISTO si no es capas de dar nada por EL.

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