Posted On 15/01/2021 By In Arte, Columna, Cultura, Espiritualidad, Opinión, Pintura, portada, Teología With 974 Views

¡GRACIAS POR LA CENA! | Juan Calvin Palomares

La obra de Warhol no supone respuestas a preguntas filosóficas, sino más preguntas, nuevos enigmas que suscitan a posteriori el pensamiento. Una de las cuestiones a las que sus creaciones invitan es a la experiencia de toparse con una pieza artística sin reconocerla como tal. Esto, ¿no tiene una relación con lo religioso? La misma figura de Jesús, en el estilo paradójico en el que se encuentran los evangelios, narra ese “no darse cuenta”; pues si asumimos que este era un hombre y era Dios, sea lo que sea que signifique esto hoy, ¿ese ser Dios no era acaso algo en lo que no se percataba nadie en el plano de la cotidianidad? Imaginemos confundir a Jesús con uno de sus hermanos, u otro familiar, ¿no estaríamos confundiendo a un ser humano con el mismo Dios? ¿Pasa algo parecido entre la obra artística y el objeto que evoca? ¿No lleva Warhol esto hasta sus últimas consecuencias?

Jesús era absolutamente humano, para cualquiera, a excepción de aquellos que experimentaron la transfiguración. Jesús, en el puro texto, es un objeto literario-religioso, cuya existencia supone, en la terminología de Hegel, una manifestación del Espíritu. De la misma manera que el arte. ¿Hay en la obra de Warhol una inclinación a fantasear, por su existencia cristiana, sobre la transubstanciación de lo más cotidiano? Quizá pueda a alguien resultarle irreverente comparar una lata de sopa con un trozo de pan eucarístico, y quizá la obra de la cruz sumergida en orina de Serrano le resulte a más de uno insoportable; pero el elemento de tortura, que es la cruz, es repulsivo, y la orina a su lado es preferible (hasta podría ser un fetiche para algunos), pues ¿quién en una época de experimentación querría que lo crucificaran para probar cosas nuevas? Si me dieran a elegir entre orina y cruz elegiría orina siempre, por puro sentido común, pero el asunto aquí es: ¿no pone ésta, en la obra de Serrano, de manifiesto la humillación de la tortura en la cruz? Quizá el pan alimente algo más que la sopa, pero ¿no es arbitrario pensar que la gracia de Dios se hace patente en un pedazo de pan, pero en una sopa no? Deberíamos preguntarnos qué piensa quien pasa hambre, hasta rabiar de dolor, de una sopa caliente. ¿No percibe a Dios mismo en la misma, independientemente del lenguaje que exprese, para hacer patente su agradecimiento?

Hay una convicción bastante extendida entre creyentes, desencaminada para quien escribe esto, de que la fantasía queda fuera de la materia religiosa; cuando seguramente esta, la fantasía, sea su mayor garante. La posibilidad humana de crear a Dios es algo en lo que no me voy a detener, pero que Unamuno, por ejemplo, explora: con esto no pretendo argumentar a través de un ad baculum; sencillamente recordar a ese sacerdote desesperado, don Manuel, que en la pluma del vasco halla una fe que se imagina, que encuentra que creer es crear.

En la presencia del alimento difícilmente experimentaremos, por mucha imaginación que le pongamos, la presencia de Dios; pues en una Europa donde la comida normalmente sobra, donde los estómagos suelen estar llenos a voluntad, no es de extrañar que donde se levante el pan como un símbolo del amor infinito de Dios se vacíe de la imaginación necesaria para vivir los misterios que nos promete el Evangelio. Misterios completamente cotidianos: pocas cosas son más cotidianas que el pan y el vino en la Palestina del primer siglo. ¿La tortilla hecha en el bar de la esquina, con su pedacito de pan y su café, será en la memoria un material para una transubstanciación? Pero ¿no se necesita algo más que la imaginación personal, puramente individual?, ¿no es una imaginación colectiva la que percibe la presencia de Dios en lo cotidiano convertido ya en símbolo de gracia? ¿Es el caso de las Sopas Campbell?

Warhol repetía las imágenes de Jesús, como las de Elvis, o las de Marilyn, así como las de las sopas Campbell. ¿No hay en la liturgia católica un movimiento similar?, ¿una ostia para cada fiel? La ostia es uno de los primeros objetos que es sometido a la producción en cadena, que sufre esa duplicidad tan absolutamente generalizada hoy. Quién tenga una visión sacramental, y ontológica, por lo tanto, de la presencia de Dios en el pan, pensará que mis palabras son una basura blasfema, o una cháchara sin más; pero quizá pasemos por alto la impresionante intuición de Warhol, que sospecho se encuentra en su obra, y es que Dios se hace presente en la cotidianidad. Al tomar un elemento sencillo y cotidiano, como una sopa, y elevarlo a icono, a símbolo, de una gracia de un niño que un día pasó hambre, ¿no se evoca a todo aquello que nos ayudó a seguir adelante?, ¿no hay más realidad en esto que en símbolos que se ocultan en la oscuridad del paso del tiempo?, ¿no merece ser símbolo de gracia, pues no es el verdadero sacramento la presencia de Dios? Una presencia que se da en tan variados lenguajes como culturas han pisado la tierra: setenta veces siete lenguajes, esto es infinitas lenguas, debería conocer un ser humano para agotar el símbolo de la presencia de Dios en una sola y definitiva imagen. Por eso la liberación en Jesús se presenta como pura humanidad, sin más, ni menos.

En la américa de Warhol, la sopa Campbell, Elvis, o Marilyn, ¿no eran auténticos símbolos de aquello que suscitaba nuestra imaginación para seguir un día más adelante? ¿No era un símbolo de nuestra cotidiana y sencilla humanidad? Warhol en sus pinturas de la última cena recorre el camino opuesto. Conduce la cotidianidad de la Palestina del siglo I a nuestra cotidianidad, en un trato del color que parece querer borrar toda oscuridad de la cena. No es que no haya un misterio en esa presencia de Dios en lo cotidiano, tampoco es que sea un misterio luminoso. No se ve a Dios en la mesa cenando con sus discípulos. Ni tampoco se ve a Dios en la sopa pintada. El símbolo recuerda, algo se nos dice de nuevo, se rememora, se nos invita a hacer memoria: Dios estuvo en la mesa de estos hombres, y también, en las manos de un niño comiendo sopa. No porque sea algo que se vea, sólo es una sopa, sólo es un hombre; pero como icono nos dice algo más: ¡gracias por la cena!

 

Bibliografía: Danto, Arthur, T. (2011), Andy Warhol, Barcelona: Paidos

Juan Calvin Palomares

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