Posted On 21/03/2022 By In Opinión, portada With 158 Views

Implicaciones del imaginario divino | Jaume Triginé  

 

Las imágenes mentales de Dios, que con el paso del tiempo nos hemos ido construyendo, condicionan la vida en su integralidad. Algunas de ellas no contribuyen al desarrollo de nuestra esencialidad; sino que nos mantienen en una especie de inmadurez espiritual, por no hablar de alienación. Valga como ejemplo la idea de un Dios restrictivo, aguafiestas, que coarta la libertad personal, que prohíbe… que se halla todavía en el imaginario de muchas personas.

Esta falsa imagen de la divinidad ha comportado que muchos creyentes hayan vivido apesadumbrados por fuertes sentimientos de culpa y de indignidad. Sin paz en sus conciencias. Son muchos, también, los que ha dejado el camino de la fe a causa de unas imposiciones contrarias a los anhelos intrínsecos de libertad y actuación autónoma propias del hombre y de la mujer de nuestro siglo.

Si a todo ello añadimos los imaginarios de pecado, castigo, juicio, condenación eterna… nos hallamos más cerca del Dios de Juan el Bautista que clamaba ante fariseos y saduceos: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha dicho que vais a libraros del terrible castigo que se acerca? […] Ya está el hacha lista para cortar de raíz los árboles. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Mt 3,7b; 10 DHH); que del Dios de amor al que nos remite Jesús de Nazaret.

Se hace imprescindible deconstruir esta imagen distorsionada de un Dios intimidante por la de Aquel que otorga la libertad. Como escribe José María Mardones, doctor en sociología y teología: «Dios no nos impone nada. Dios no manda, ni prohíbe, ni pone obstáculos o barreras a la libertad humana. Al contrario, quiere que seamos plenamente nosotros, total y auténticamente libres y dueños de nosotros mismos».

Llegados a este punto, surge en muchos la pregunta por la redacción, en términos prohibitivos, del decálogo. El estudio de la evolución humana permite afirmar que, en las estructuras biológicas del ser humano, especialmente en las estructuras neurológicas, anida la potencialidad de una ética primigenia. Los estudios de la antropología cultural han puesto en evidencia cómo desde los albores de la humanidad se han ido afianzando los criterios sobre:

  • La protección por la vida que viene a coincidir con el mandato de no matar.
  • La protección de la propiedad, reflejada en las leyes que prohíben desde el robo hasta el deseo de lo ajeno.
  • La regulación de las relaciones entre hombre y mujer, explícita en la orden prohibitiva del adulterio.

La moral explícita en el decálogo no deja de ser un descubrimiento evolutivo de la conciencia humana en la que los hilos de la urdimbre (innatismo trascendente por origen y posibilidad) se entrelazan con los de la trama existencial (medio ambiente o cultura). El ser humano ha requerido y requiere de su interrelación con los demás para, por medio del lenguaje, la colaboración y el pacto social, construir los códigos que permitirán su convivencia. El contenido teológico y ético de los Diez Mandamientos no ha sido ajeno a este proceso psicológico y social.

Le ética bíblica no es una imposición externa y ajena a nuestra esencialidad. Es un logro más en el devenir evolutivo de la especie humana que incluía, desde sus orígenes, esta potencialidad. Ser creados a imagen y semejanza de Dios nos ha conducido a este desarrollo. Es, en este sentido, que Dios no es ajeno a nuestro carácter moral.

Es necesario, asimismo, considerar el contenido del decálogo no de forma limitativa o restrictiva, a causa de su formulación negativa, sino como un programa de vida positivo que nos posibilita desarrollarnos como individuos y alcanzar nuestra plena humanización. Así, el hombre y la mujer descubren la inhumanidad de quitar la vida a otro ser humano, la injusticia que representa robar las pertenencias de otras personas, las implicaciones individuales, familiares y sociales de la infidelidad matrimonial…

Todo ello va desarrollando la empatía y el aprender a colocarse en la perspectiva ajena e interiorizar que las relaciones interpersonales deben estar presididas por la verdad, la lealtad, la justicia, la inclusión, la alteridad, la solidaridad, el respeto… Descubrimientos que el hombre y la mujer alcanzan, desde la impronta divina que nos singulariza, con la emergencia del complejo fenómeno de la conciencia.

Ello explica la importancia que en el protestantismo otorgamos a la conciencia que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios. Seguir los dictados de la conciencia es ser uno mismo, sin necesidad de impostar conductas forzados por presiones y condicionamientos.

Ahora bien, la conciencia moral se adquiere en contacto con los valores dominantes del entorno con el consiguiente peligro de convertirse en la voz de uno mismo, configurada por valores seculares. No siempre es válido lo primero que pase por la imaginación. Habrá que distinguir esta resonancia egocéntrica o conciencia psicológica de la voz del Espíritu o conciencia espiritual. De ahí la importancia de cómo se alimenta nuestra interioridad.

De la imagen del Dios coercitivo, a la que aludíamos al principio, debemos transitar a la del Dios que desea nuestra autonomía. Si nuestra práctica religiosa no nos proporciona la libertad, es que se halla asentada en una imagen distorsionada de la divinidad.

El Espíritu que se une a nuestro espíritu es el fundamento de la libertad cristiana: «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Co 3,17 RV95). La liberación del poder de nuestras sombras y de aquellas situaciones, incluidas las religiosas, que representan más carga que liberación.

 

 

 

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