Posted On 20/05/2022 By In Opinión, portada With 272 Views

La carreta delante de los bueyes | Jaume Triginé

Nadie discute hoy el papel de la espiritualidad sobre la vida y salud que la OMS define como: «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». Esta definición nos aproxima el concepto de calidad de vida, entendida también por la propia OMS como: «la percepción del individuo sobre su posición en la vida dentro del contexto cultural y el sistema de valores en el que vive y con respecto a sus metas, expectativas, normas y preocupaciones».

Psicoanalistas como Carl Gustav Jung o Víctor Frank destacaron ya el papel positivo de la fe. Actualmente disponemos de trabajos científicos que muestran las repercusiones para la salud de una orientación espiritual de la vida como es la reducción del estrés, una mayor resistencia inmunológica, la mejora en las enfermedades cardiacas y/o circulatorias o la mejora de los estados depresivos.

Otros estudios establecen relaciones positivas entre la capacidad de perdonar y la salud mental. La práctica del perdón genera compasión, desarrolla la empatía, dibuja nuevos escenarios de confianza; su ausencia mantiene a la persona en el rencor, el odio, los pensamientos y sentimientos negativos y el aislamiento social. También la espiritualidad es un factor de peso en los casos de suicidio. Una visión esperanzada, dentro del realismo existencial como la que proporciona la fe, es facilitadora de la superación del nihilismo.

Cada vez más, un mayor número de instituciones clínicas incorporan en sus protocolos de actuación que sus pacientes puedan recibir atención espiritual de sus respectivas tradiciones religiosas durante la hospitalización. Brigitte Dorst, directora científica de la Sociedad Internacional de Psicologia Profunda escribe al respecto: «Para muchas personas la espiritualidad y la religiosidad son recursos importantes, especialmente en el contexto de la lucha contra la enfermedad y en el acompañamiento en la vejez».

La experiencia personal profunda derivada de una vivencia espiritual y su correlato positivo frente a la enfermedad no significa que pueda suplantar a la medicina, en el caso de trastornos de base biológica o a la psicología y a la psiquiatría en el caso de trastornos mentales. Pero no parece que esta aseveración sea tan clara para todos. Lamentablemente, muchos chamanes, en un pretendido contexto cristiano, abogan por la supremacía del factor espiritual por encima de la praxis profesional y de la evidencia científica. Libros, conferencias, cursos… sobre milagros; énfasis en sanaciones presenciales u on-line; apelaciones descontextualizadas a la fe que mueve montañas… tienen su influencia sobre determinadas personas cuando la desesperación se apodera de la comprensión objetiva y madura de las cosas.

Mas cuando la realidad manifiesta su tozudez y las cosas son como son y no como nos gustaría que fuesen, la huida alienante de la realidad o la frustración suelen ser el estado disfuncional que termina por acompañar a quienes transitan por estos parajes por cuanto esta especie de bypass, consistente en desplazar la necesaria intervención desde lo biológico y lo psicológico a lo espiritual, agudiza e impide la resolución de la enfermedad o del trastorno emocional.

Una comprensión holística de la personalidad incluye el reconocimiento de sus tres dimensiones: el cuerpo, el psiquismo (emociones, sentimientos, pensamientos) y el espíritu. Debemos distinguir los tres niveles, pero no los debemos separar pues se hallan fuertemente interrelacionados. Si estoy cansado o enfermo, ello repercute en el ánimo y en el espíritu (dudas, crisis). Si estoy preocupado o ansioso, puedo somatizar de mil maneras el estado emocional (cefaleas, trastornos digestivos) y tener dificultades para orientarme al Misterio de la divinidad. Si me hallo en una crisis de fe, el resto de mi personalidad se resiente.

Esta forma integral de entender al ser humano no justifica que un trastorno de una determinada dimensión sea tratado prioritariamente con la metodología específica de otra, como sucede cuando problemas orgánicos o psicológicos pretenden ser resueltos apelando exclusivamente a la fe, como sucede en algunos lares.

Los abordajes terapéuticos deben establecerse en su debido orden. Un ejemplo de este enfoque secuencial lo hallamos en la práctica de la meditación. Es imprescindible relajar en primer lugar el cuerpo ya que es difícil, desde un estado de activación o excitación, situarnos en la tranquilidad que la práctica requiere. De igual modo, es un requisito sine qua non la serenidad del ánimo y el silenciar la mente de “ruidos” en forma de pensamientos para introducirnos en la experiencia profunda de ser en Dios.

Asumiendo la función integrativa de la espiritualidad, como ya ha sido expuesta, los trastornos de cada uno de los niveles de la personalidad han de ser afrontados, prioritariamente, con los recursos metodológicos propios de esta dimensión: la medicina, la psicología o la pastoral.

Como síntesis conclusiva de la metodología con la que afrontar las necesidades propias de los tres niveles de la personalidad humana, unas palabras de Roberto Longhi, psicólogo clínico y psicoanalista, alguno de cuyos trabajos se orientan a establecer la posible relación entre el psicoanálisis y la espiritualidad: «entre lo psíquico y lo espiritual: primero está el diván (sinónimo de práctica psicoterapéutica). Solamente después de pasar por él, con lo psíquico apaciguado, con la “casa sosegada”, en palabras de san Juan, estaremos preparados para sentarnos en el zafu[1](en este caso, sinónimo de una práctica espiritual)». Pero algunos insisten en colocar la carreta delante de los bueyes.

 


[1] Cojín para la práctica de la meditación.

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