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Posted on 21/10/2025 by Jaume Triginé  in  Opinión, portada, Teología

Lenguajes que imponen certezas | Jaume Triginé

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“Cuando alguien esta desorientado o cuando una sociedad está desorganizada, el lenguaje totalitario transmite seguridad imponiendo certezas”[1]. Son palabras de Boris Cyrulnik (1937), uno de los grandes referentes de la psicología actual, padre de la noción de resiliencia.

Analizando nuestro contexto, son muchas las personas que se adhieren a tal lenguaje en forma de: eslóganes, lemas, relatos simples, mantras, rituales homogeneizadores… que crean certezas inverificables y, en paralelo, reducen la necesidad de ejercer el pensamiento autónomo y el análisis crítico.

Es evidente que, en el ámbito político, el crecimiento del populismo es una expresión de cuanto antecede. Sigmund Freud (1856-1939), padre del psicoanálisis, planteaba algunas de las características propias de estos modelos de comunicación en Psicología de las masas[2], cuya finalidad es el control y manipulación de los grupos humanos, como:

  • Las concentraciones de masas en las que se difuminan la individualidad y la personalidad y se acrecienta el alma colectiva o inconsciente social por ósmosis o contagio emocional.
  • La música, las banderas, las pancartas, los lemas repetitivos… que crean un estado de sugestión y de subordinación del interés personal al colectivo.
  • Los discursos simples en los que se ofrecen formulas simples para resolver temas complejos. Comportamientos que terminan provocando reacciones de naturaleza emocional en detrimento de la actividad intelectual.

Los resultados de estos procesos de manipulación son conocidos: identificación y voto en favor de las posiciones radicales en temas bioéticos; discriminación por razones étnicas o de orientación sexual; falta de análisis de las situaciones; superficialidad; los adversarios son considerados enemigos; los políticos y los partidos se miran con menosprecio; el insulto sustituye el diálogo y la negociación en favor de nuevas leyes que vengan a mejorar las condiciones de la ciudadanía; falta de reconocimiento de la derrota en elecciones libres; dificultades en el traspaso pacífico del poder. La imagen del 6 de enero del 2021 de los partidarios de Donald Trump (1946) asaltando el Capitolio de los Estados Unidos es un icono que ha quedado en nuestras retinas.

El ámbito religioso no es una excepción. La necesidad de certezas adquiere una fuerza quizá superior. Cierto que la ciencia y la técnica responden a preguntas que antaño respondíamos con relatos míticos. Hoy conocemos cómo se originó el universo y las leyes de su expansión; Charles Darwin (1809-1882) nos dio a conocer el proceso evolutivo que ha conducido a la hominización y a la humanización de la especie; sabemos que las pandemias no son ningún castigo divino, sino el efecto de los virus; en lugar de rogativas, nos vacunamos.

Preguntas acerca del qué, del cómo o del cuándo van recibiendo respuestas actualizadas en la medida que se suceden nuevas investigaciones y descubrimientos científicos. Pero hay preguntas como el por qué o el para qué que trascienden este ámbito. Son las preguntas acerca del sentido de la vida, que la filosofía y la teología pretenden responder, si bien carentes de la objetividad de la metodología del mundo de las ciencias. El componente subjetivo es inevitable. En lugar del consenso, asistimos al disenso. Las distintas escuelas filosóficas y el pluralismo religioso son su evidencia.

Asistimos al crecimiento del lenguaje fundamentalista, al énfasis en las interpretaciones como si de hechos fidedignos se tratase, al uso de las narrativas míticas presentadas como historia objetiva, al reduccionismo de la verdad propia y a la exclusión de quien piensa diferente, a una cierta endogamia… Solo el Dios propio es verdadero. El resto de espiritualidades permanecen en el error.

Cierto que en todo ello podemos identificar una constante histórica: las Cruzadas de los siglos xi y xii para recuperar Jerusalén y los llamados lugares sagrados de Israel; las Guerras de religión en Francia entre católicos y protestantes; la Guerra de los Treinta Años; los conflictos entre católicos y protestantes en Irlanda. Constante que nos alcanza. Los conflictos por motivos religiosos son presentes en países como Paquistán, Corea del Norte, Yemen, Afganistán, en forma de intolerancia religiosa, persecuciones…

Pero, regresemos a nuestros lares zarandeados por: la incertidumbre en cuestiones bélicas; el terrorismo y la violencia generalizada; el neoliberalismo y la inestabilidad económica; el cambio climático y sus consecuencias; la xenofobia, los discursos de odio; los sucesivos cambios tecnológicos; las dudas respecto al futuro; la mutación de los valores tradicionales; el descrédito de las tradiciones religiosas históricas. Todo se nos ha vuelto líquido, en lenguaje del sociólogo Zygmunt Bauman (1925-2017).

Sin duda, todo ello contribuye a la situación de desorientación social a la que alude Cyrulnik, y a la búsqueda de seguridades, donde fuere y sin demasiado análisis. Todo es demasiado volátil, incierto, las dudas superan las certezas y encontrar un sentido a la existencia es un trabajo arduo. En España se producen alrededor de 4.000 suicidios al año (algo más de 10 diarios)[3]. Un síntoma más, indicativo de la fragilidad del yo.

Quizá ello explica el crecimiento de determinadas dinámicas religiosas que pretenden transmitir certezas absolutas en tiempos de relativismo y crisis: arquitecturas orientadas más a la extraversión que al recogimiento y la interioridad; mantras, luz, sonido… tendientes a crear un contagio emocional en torno a conceptos simples; expresiones corporales que reflejan más la adoración a un Dios externo que a la búsqueda de lo divino en la interioridad; creación de un discurso lineal de pecado-culpa-salvación; teología de la prosperidad; influencers transmitiendo mensajes estereotipados en las redes sociales…

Es bien conocido en el campo de la psicología la necesidad de apego, en situaciones críticas, a las figuras parentales o a la propia idea de Dios. Esta orientación a expresiones religiosas con pretensiones de absolutización puede responder a la búsqueda de seguridad, cuando se convierten en una performance que sitúa a sus actores en un mundo paralelo que aporta el sosiego, la tranquilidad y la paz para sobrevivir en la selva en la que hemos convertido el mundo. Lo que no deja de ser, en clave psicológica, una forma de escapismo.

Por todo ello, nos preguntamos: ¿Es apropiado este aspecto, aparentemente terapéutico, de la religión que, si bien parece ser útil para algunos, es percibido mayoritariamente en términos de alienación y rechazo? ¿No será más conveniente contribuir, desde las posibilidades reales de cada uno, a la creación de una sociedad más justa, igualitaria, respetuosa, integradora de la diferencia y pacificada? ¿No debería ser la comunidad de fe un espacio de anticipación de la utopía que denominamos Reino de Dios? ¿No es momento de asumir una alta dosis de proactividad en la transmisión de valores humanos? O arrimamos el hombro en la creación de una sociedad facilitadora del desarrollo y madurez personal o, mucho nos tememos, que el panorama actual seguirá acompañándonos por mucho tiempo.

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[1] Cyrulnik, B. (2024). Psicoterapia de Dios. Gedisa Editorial.

[2] Freud, S. (2018). Psicología de las masas y análisis del yo. Biblioteca virtual OMEGALFA.

[3] Víctor M. (2025). La Contra: Hay que hablar más del suicidio. La Vanguardia. 6 de agosto del 2025. Número 51.708.

Jaume Triginé

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