Posted On 14/10/2022 By In portada, Teología With 270 Views

Leyendo los matices de la realidad | Jaume Triginé

Jesús Martínez Gordo, profesor en la Facultad de Teología de Victoria-Gasteiz, como subtítulo de su reciente libro Ateos y creyentes, formula la aseveración: «Qué decimos cuando decimos Dios», expresión que actúa como hoja de ruta para la lectura del texto, facilitando la identificación de las diversas connotaciones del término.

Si la frase, de formulación afirmativa, hubiese sido planteada en forma interrogativa, el número de respuestas a la misma sería muy elevado. La persona atea contestaría que Dios es un término vacío de contenido, al tratarse de una mera idea o proyección subjetiva de la mente humana. El agnóstico quedaría anclado en su duda respecto a su potencial existencia. El religioso nos daría una respuesta desde su particular cosmovisión, más trascendente en occidente, más inmanente en el oriente. Tampoco alcanzaríamos un acuerdo entre los cristianos, ya que terminamos creyendo cosas no tan sólo distintas, sino contradictorias.

En términos generales, el concepto de Dios queda asociado a aquello que es inconmensurable, indefinible, ilimitable e inaprensible y que, por todo ello, no es demostrable experimentalmente, no es comprobable empíricamente ni deducible matemática o lógicamente. Nuestra contingencia no le alcanza. De ahí su rechazo por parte del ateo, derivando hacia el creyente la carga de la prueba de su existencia, y la duda metodológica del agnóstico. Es por la imposibilidad de demostrar la existencia de Dios y de poder explicarlo cómo hacemos con aquello que manejamos empíricamente que nuestra subjetividad termina por hacerse una imagen que acabamos confundiendo con la desconocida identidad de Dios, olvidando que cualquier imagen construida no necesariamente tiene que coincidir plenamente con aquello que pretendemos representar.

Decimos que Dios no es la realidad y que está (no en un sentido espacial, sino metafísico) más allá de la finitud. Ahora bien, ¿podría ser la propia finitud la mediación a través de la cual se transparentase lo divino? ¿Es posible que en el universo del que formamos parte, en el mundo que habitamos, en la eclosión de la vida, en el proceso evolutivo del que participamos, en el hecho antropológico, en Jesús de Nazaret, en el clamor de los últimos… descubramos murmullos, huellas, señales… que nos remitan al Invisible? ¿Acaso cualquier tipo de obra literaria, musical, pictórica, escultórica o arquitectónica no nos manifiestan imputs suficientes que nos remiten a sus autores en ausencia de los mismos?

En este lenguaje de insinuaciones de Jesús Martínez Gordo: transparencias, signos, huellas, murmullos… hallamos el eco del teólogo Paul Tillich al considerar a Dios como el «elemento de profundidad de la realidad». Estas imágenes sugieren que no debemos buscar la divinidad en un plano superior de la existencia, como el cielo mítico de las cosmologías antiguas, sino a través de la propia substantividad de lo finito.

Pero esto requiere la deconstrucción del imaginario de Dios como un ente más, entre todos los entes, y aprender a leer de otro modo la realidad. Habrá que identificar los murmullos, las huellas, los destellos…, que una actitud contemplativa pone a nuestro alcance, y a interpretar, en clave espiritual, las sutilezas que una visión descomprometida no alcanza a vislumbrar.

Las transparencias, huellas, signos…, que identificamos en la complejidad de todo lo existente, dejan entrever que Dios:

  • Es la Realidad Última, el Fundamento del ser, de la vida, de todo cuanto nos es conocido, desde nuestra limitada capacidad de percepción de las cosas, y de cuanto nos es desconocido.
  • Es la Fuente creativa que, desde el Big-Bang y a través de un proceso evolutivo, mantiene el universo en su actual expansión y autonomía a través de sus propias leyes físicas, biológicas, psicológicas y sociológicas.
  • Es el Elemento de profundidad metafísica de la realidad.
  • Es un Misterio Absoluto de amor, bondad, belleza y verdad.
  • Está en todo y todo está en Dios, pero no a la manera panteísta. Se trata de una unidad sin confusión, de una distinción sin separación.
  • Es el Espíritu que dinamiza el cosmos, desde la materia inorgánica a la conciencia humana.

Cabe insistir en la necesidad de leer la finura y delicadeza de cada una de las mediaciones con las que la realidad nos sorprende para poderlas interpretar como huellas o indicadores de la trascendencia que manifiestan. Y son tan plurales que siempre algunas alcanzarán nuestra percepción: la visión del cielo estrellado en una negra noche de verano; la silueta de la Vía Láctea; la imagen de nuestro planeta desde el espacio; la majestuosidad de las altas montañas, los lagos, los ríos, los océanos…; la vida vegetal, las forma y colores de las flores; la diversidad de la vida animal; la conciencia del homo sapiens sapiens; los gestos de amor y cuidado en una pareja mayor que permiten vislumbrar el Amor incondicional; la vida y ejemplo de Jesús de Nazaret, su compromiso con los que no contaban para la estructura político-religiosa de su tiempo; el compromiso de tantos en favor de los “crucificados” en tantas partes del planeta…

Nuestro tiempo y circunstancias no ayudan demasiado a esta lectura atenta de la realidad y difícilmente nos percatamos de los murmullos, las huellas y las señales implícitas en lo existente ni descubrimos su compleja gramática, indicadora de una Realidad Última que confiere sentido a cuanto nos circunda. Demasiadas prisas. Excesivas urgencias limitan nuestra capacidad de asombro.

Pero el problema no es sólo cuestión del tiempo cronológico que podamos dedicar a esta lectura; suele ser más bien una cuestión actitudinal como la modificación de los paradigmas recibidos y sacralizados. Es un cambio, no siempre fácil de lograr, dejar de pensar y buscar a Dios como un ente “fuera”, “arriba” o en “las alturas”, en un cielo desconocido, y entender que es el ser que nos constituye; que, en lenguaje bíblico, según hallamos en el discurso de Pablo en el Areópago ateniense: «Dios no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hch 17,28 RV60). La introspección, el silencio, la quietud, la contemplación… son algunas de las llaves que nos abren el camino.

 

 

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