Posted On 16/09/2022 By In Opinión, portada With 127 Views

¿Pensamos o nos piensan? | Jaume Triginé

Como postulaba el sociólogo alemán Niklas Luhmann la mayor parte de las cosas que conocemos es porque nos han sido transmitidas por otros a lo largo de nuestro proceso vital. Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en el País Vasco, expresa este hecho con una expresión breve pero definitiva: «Nos piensan otros». Ambos conceptos nos remiten al hecho objetivo que cuanto conocemos tiene su génesis en diversas mediaciones: familia de origen, profesores, libros, prensa, medios de comunicación, personas referentes a los que se les concede autoridad…

Esta situación heterónoma nos sitúa en una zona de comodidad en la que predominan grandes certezas acerca del medio en el que nos desenvolvemos gracias al conocimiento alcanzado y transmitido por las sucesivas generaciones. Normalmente, sabemos cómo actuar frente a la mayor parte de las contingencias merced a este conocimiento acumulado. Ni cada generación ni cada individuo debemos partir de cero acerca de los grandes presupuestos que han alcanzado ya un consenso científico ni en relación con las cuestiones tecnológicas, en sus diversos campos y manifestaciones, con las que nos manejamos cotidianamente.

En esta zona experimentamos una cierta distensión, en el sentido que no necesitamos poner en marcha, de manera personal, todo el proceso de investigación que, desde el desconocimiento inicial sobre una determinada temática, ha conducido a la humanidad a su actual saber. Su contrapartida la hallamos en esta reducción cognitiva y creativa propia de este espacio de saber acumulado y transmitido, en la que nos desenvolvemos mayoritariamente. Sólo unos pocos se arriesgan a ir más allá de este hábitat de confort. Daniel Innerarity nos recuerda que: «Hay una grata comodidad que consiste en poder dar muchas cosas por supuestas».

¿Sucede algo análogo en el ámbito de la religiosidad, en general y del cristianismo en particular? Sin duda. Dos milenios han generado doctrinas para todos los gustos: la patrística, la dogmática medieval, teologías conservadoras, liberales… Liturgias un tanto redundantes en el mundo oriental, más bien austeras en el protestantismo. Éticas legalistas en unos casos, situacionales en otros. No partimos de cero. Nos hallamos en la positividad de disponer de un corpus amplio que ninguna persona o generación podría elaborar.

Ello no significa que la recepción de esta herencia plural comporte escoger aquellos aspectos con los que sea fácil nuestra identificación. Lo habitual es haber nacido en una familia y, por extensión, en una comunidad eclesial concreta, asumiendo acríticamente sus postulados: teología, liturgia, organización, moralidad, costumbres…; del mismo modo como incorporamos los elementos culturales de nuestro entorno inmediato.

Lo recibido a través de la enseñanza de la familia, iglesia, interpretación confesional del texto bíblico, lecturas, encuentros… va configurando una cosmovisión, en la que solemos sentirnos cómodos a pesar de sus posibles incongruencias. Máxime cuando lo interiorizado nos ha llegado con el marchamo de sacralidad, verdad revelada, sana doctrina… Y si surge en algún momento el interés lícito de otear otros escenarios, tal motivación quedará reprimida por el sentimiento de culpa derivado de pretender cuestionar «la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Jud 3b RV1960). El precio de la discrepancia en entornos endogámicos es muy alto.

En términos generales, ¿no estaremos también en el ámbito de la fe dando demasiadas cosas por supuestas? ¿Es cristiana la renuncia a la investigación? ¿No recomienda el apóstol de los gentiles: «Examinadlo todo; retened lo bueno?» (1 Ts 5,21 RV1960). Pero, ¿quién determina lo bueno, lo verdadero…? ¿La propia tradición eclesial? ¿Los líderes que no suelen admitir demasiadas discrepancias? ¿Dónde queda la libertad personal?

¿Hemos delegado, quizá en exceso, en el bagaje teológico de la propia tradición? ¿En el carisma, real o impostado, del líder? ¿En una sacralidad, mal entendida, del texto bíblico? Estos sucesivos actos de confianza, necesarios en muchos aspectos de la vida, comportan, en este caso, que otros piensen por nosotros, situándonos cerca de la fe del carbonero.

Cuando descubrimos una excesiva conformidad social, evidenciada por el hecho que todos pensamos prácticamente lo mismo, deberíamos interrogarnos acerca de nuestra capacidad de análisis y desarrollar el pensamiento crítico (que el pensamiento único suele atrofiar) a semejanza de cómo es ejercitado por la filosofía y las ciencias.

Es inherente a los postulados del protestantismo histórico el análisis racional de los hechos, la libertad de conciencia, de pensamiento y de expresión. Para alcanzar esta autonomía quizá sea necesario recuperar la expresión latina Sapere aude cuyo significado es: «atrévete a saber», que también suele interpretarse como: «ten el valor de usar tu propia razón». El filósofo Immanuel Kant se expresaba en estos términos: «atrévete a pensar por ti mismo, atrévete a ver las cosas tal como son y no como te las han enseñado o cómo piensa la mayoría, busca y defiende la verdad que tú, individualmente, has encontrado; confía en las fuerzas de tu entendimiento y pasa por el tamiz de la experiencia y de la crítica cuanto te proponen los demás para que creas u obres».

La fe heterónoma se fundamenta en criterios externos normalmente establecidos por la iglesia. El teólogo Paul Tillich nos recuerda que, con frecuencia: «Las verdades reveladas son administradas por las “autoridades eclesiásticas” a fin que el pueblo las acepte». Cabe aquí recordar que no hay hermenéuticas neutras. Que todos interpretamos los hechos (texto bíblico incluido) desde la propia cosmovisión. Con frecuencia, pues, aquello que consideramos la propia opinión no es más que la suma de opiniones ajenas. Y esto cuenta no sólo para el pensamiento religioso; sino para todo (política, ideologías, ética…).

A nivel social, el tránsito a una cultura autónoma es evidente. En nuestro contexto, si bien no en términos absolutos, el individuo suele regirse por su propia conciencia sin necesidad de los dictados externos de los “tutores” de turno (políticos, religiosos…). La disminución de la praxis religiosa institucional es una evidencia.

Pero en el nivel intraeclesial no siempre aparece con tanta nitidez la búsqueda de una fe personal que ha sometido al análisis crítico todo aquello que, aun formando parte de un bagaje histórico, difícilmente puede ser asumido a la luz de los conocimientos actuales de las cosas o de la pura racionalidad. La comodidad de dar por cierto lo recibido y la sacralización de las cuestiones espirituales mantiene a demasiadas personas en planteamientos difícilmente convincentes para una sociedad autónoma y, quizá, para ellas mismas.

Jaume Triginé

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