Posted On 21/02/2022 By In Opinión, portada, Psicología With 245 Views

Reaccionar, Discernir, Acoger | Jaume Triginé

 

SOBRE EL REACCIONAR

No siempre respondemos de igual manera a las exigencias del entorno. Así debe ser, con tal que nuestra forma de obrar se ajuste a las características de la demanda. Las personas más emocionales que reflexivas suelen reaccionar más que responder a causa de su dificultad en colocar suficiente distancia psicológica entre el estímulo y la respuesta. “Contar hasta diez” permite considerar alternativas y escoger la más adecuada a cada situación.

Algunas de las exigencias cotidianas, como podrían ser las situaciones de riesgo o de peligro, tan sólo requieren una reacción automática, casi instintiva, que forma parte de nuestros innatismos y que nos ha permitido sobrevivir a tantos riesgos a lo largo de milenios de evolución. En un primer momento, llamar a los bomberos siempre será más práctico que analizar las posibles causas del incendio.

A las demandas repetitivas, respondemos con los hábitos, gracias a los cuales nos evitamos tener que pensar cada día con qué pierna nos levantaremos de la cama; lo que representa un importante ahorro de reflexión. En muchos casos, nos hallamos, pues, en la mera reacción frente a los estímulos que reclaman una conducta por parte nuestra.

 

NECESIDAD DE DISCERNIR

Pero la vida es compleja y, en ocasiones, la respuesta requiere una mayor elaboración: cambiar de trabajo o de vivienda, seguir con un embarazo de riesgo o abortar, divorciar-se, cómo atender a los padres mayores y/o dependientes… En estos u otros supuestos se impone el discernimiento que nos ha de permitir distinguir, por medio de los sentidos o de la inteligencia, una cosa de otra, especialmente lo correcto de lo inadecuado. Se trata de evaluar, formarse un juicio, distinguir entre opciones, calibrar, escoger sensatamente, tomar decisiones correctas. Toda decisión implica algún tipo de consecuencias.

En clave creyente, mediante el discernimiento buscamos alinearnos con los valores del Reino de Dios en aquellas circunstancias de la vida en la que no siempre disponemos de modelos de actuación, hecho que ocurre con frecuencia. Proclamamos la normatividad de la Biblia, pero en sus páginas no encontramos directrices concretas para muchas de las situaciones que hemos de afrontar por diversas razones como:

  • Muchas de las tesituras que actualmente debemos afrontar eran desconocidas en el momento histórico en el que los textos bíblicos fueros redactados.
  • En la Biblia encontramos principios generales que habían de servir a la iglesia apostólica y a la del siglo XXI. Esto comporta que hemos de traducir los principios bíblicos a comportamientos concretos que reflejen valores atemporales a las realidades con las que tenemos que enfrentarnos.

El discernimiento cristiano se apoya en la ley suprema del amor y en el reconocimiento de la dignidad del ser humano. Sin duda, las normas y directrices, sean de naturaleza social o religiosa, son elementos de juicio a la hora de tomar decisiones. Ahora bien, la última palabra, al tomar una opción concreta, corresponde a la conciencia personal guiada por el Espíritu. Jesús es un claro ejemplo de esta forma de actuación: poco ejemplar en el plano religioso (pasó por alto determinadas prescripciones como el reposo del sábado); pero irreprochable cívicamente (sanando intencionalmente en este día).

La práctica del discernimiento, a la hora de tomar una decisión, no debe prescindir de un análisis exhaustivo de la situación: obtener la máxima información, listado de posibles soluciones, evaluación de las opciones, aplicación de la solución, seguimiento… Ello no excluye escuchar también la voz del corazón en forma de intuiciones, sentimientos… La toma de decisión comporta un punto de coraje en el que el empleo del método racional no siempre es determinante. En palabras del filósofo francés Blaise Pascal: «El corazón tiene razones que la razón no entiende (o ignora)» Se requiere, pues, un equilibrio entre las dimensiones racionales y emocionales del ser. Somos una unidad y no podemos ni debemos desvincular la razón de la emoción, como señala el prestigioso neurólogo Antonio Damasio.

 

¿ACOGER?

Pero no siempre podemos decidir determinadas circunstancias personales: la enfermedad que nos sorprende, la pérdida del trabajo, el deterioro físico y/o cognitivo derivado del paso del tiempo…; familiares: actitudes tóxicas de personas cercanas…; sociales: crisis, recesión económica… En estos casos, se requiere el “coraje de existir”, afortunada expresión del teólogo Paul Tillich, para aceptar determinadas situaciones, lo que no equivale a resignarse ante ellas. Aceptar la realidad tiene que ver con no oponer resistencia a los hechos a los que debemos hacer frente como resultado de la finitud, ya que la resistencia añade dolor y sufrimiento. Hay momentos vitales en los que, en lugar de escoger, debemos acoger el fluir natural de las cosas.

Asumir o acoger la realidad no es una claudicación, sino la comprensión de como la vida nos acontece. Nos permite, asimismo, trascender la concreción de la experiencia e intuir su fondo de sentido en lugar de permanecer en la negación o en su rechazo. Y es en esta tesitura cuando surge un nuevo acto de libertad: si bien no puedo escoger la circunstancia sobrevenida, inesperada o temida, si puedo decidir mi actitud frente a ella. El caso del psiquiatra austriaco Viktor Frankl es un ejemplo paradigmático; su capacidad de resiliencia y resistencia en los campos de concentración nazis de Auschwitz y Dachau obedece a esta aceptación no resignada de la realidad.

Acoger la realidad tiene que ver con la búsqueda de un propósito, de una responsabilidad. En la medida que elaboramos un no siempre fácil “por qué”, será más fácil encarar los “como” con los que la vida nos sorprende. Parafraseando al autor del libro de Eclesiastés: “Hay tiempo para elegir y tiempo para acoger”. En relación con esta temática, el teólogo Javier Melloni señala que: «se trata de dos estados de conciencia que se corresponden con dos niveles de la realidad: el plano de lo relativo (elección entre varias opciones) y el plano de lo absoluto (acogida de nuevas circunstancias)».

Escoger es decidir por una determinada opción (con frecuencia mediatizada por las necesidades, intereses o prejuicios egocéntricos) descartando las demás. Acoger implica la interiorización de lo que deviene como signo de algo más profundo que trasciende el propio hecho que acontece.

 

CONCLUSIÓN

La vida está preñada de matices y plurales exigencias. En algunos casos, la mera reacción automática puede ser suficiente. Ahora bien, cuando frente a nosotros se abren varios caminos, cuando queremos minimizar el riesgo de una decisión errónea, cuando las implicaciones éticas están presentes… es imprescindible el discernimiento. Finalmente, cuando (sin consultarnos) determinadas situaciones, circunstancias o personas vienen a alterar nuestra realidad existencial se impondrá (desde nuestra libertad interior) el coraje de asumir el fluir misterioso de la vida. La madurez requiere, pues, aprender a responder de modo diferencial a cada situación, ya que no siempre cualquier acción es la adecuada.

  

Jaume Triginé

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