Posted On 03/12/2012 By In Opinión With 3502 Views

Viviendo la fe de forma madura

 El autor de la carta o tratado a los Hebreos, aconseja no ser reiterativos con las cuestiones  teológicas elementales y orientarse a una praxis adulta de la fe (He 6,1-3). Implícitamente, el texto da a entender que en algunos se mantiene una forma infantil e inmadura de espiritualidad del mismo modo que en otros se manifiesta una fe madura, adulta y sana.

Una característica de los niños es su credulidad. No distinguen entre la fantasía y la realidad. Se mueven en un universo mágico. No han alcanzado todavía el nivel de desarrollo cognitivo, emocional y espiritual para asumir las funciones adultas. Son menores de edad, no tanto en el sentido legal sino en el evolutivo. Determinados entornos (familia, escuela, sociedad…) facilitan o ralentizan tal desarrollo.

Algo análogo puede suceder con determinados entornos eclesiales cuando en lugar de favorecer una apertura a una teología actualizada, que venga a facilitar exégesis y hermenéuticas más comprensibles para una generación postmoderna, postcristiana y alejada de dogmatismos, se enfatiza la literalidad de los textos y el relato mítico. Este posicionamiento acrítico mantiene a muchos creyentes en la insatisfacción y en la dificultad de compartir su fe frente a personas que desearían encontrar en nuestro relato elementos de razonabilidad.

Es infantil no distinguir entre fantasía y realidad. Entre relato mítico e historia y elevar a categoría de historia el mito, sin darse cuenta de que el mito transmite otra clase de verdad. Verdades simbólicas y arquetípicas, en terminología de C. G. Jung. Las actuales generaciones están, cada vez más, mejor preparadas y pretender que asuman los mitos bíblicos como historia objetiva les revela nuestro infantilismo y les provoca un rechazo de nuestro discurso.

La vivencia inmadura de la fe conduce a posturas fundamentalistas con poco espacio para el análisis objetivo de las cosas o la duda metodológica. Provoca, asimismo, la falta de ósmosis con otras realidades que podrían fecundar creativamente los presupuestos de partida. De modo involuntario e inconsciente, puede transitarse hacia el fanatismo y los rasgos y relaciones sectarias. En algunas personas y grupos el desarrollo natural en el plano biológico, psicológico y social se detiene en todo aquello que tiene que ver con el ámbito espiritual.

Psicoanalíticamente, el narcisismo y el universo mágico configuran el infantilismo al que hacemos referencia que puede derivar hacia manifestaciones psicopatológicas o situaciones fronterizas. El fanatismo, el dogmatismo, la radicalidad, la falta de flexibilidad de ciertos colectivos apuntan en esta dirección. También el mesianismo de algunos líderes y la dependencia de sus seguidores que en sus versiones más extremas puede bordear la sumisión masoquista. Son aquellas situaciones que inducen a la persona a no pensar por si misma, a la ausencia de criterio y a la racionalización y justificación de las conductas perturbadoras del líder.

Roza, asimismo, la psicopatología la búsqueda de la espiritualidad y la práctica religiosa para superar traumatismos emocionales que deberían resolverse a través de la psicoterapia. Con esta afirmación no se niega la función adaptativa y transformadora de una espiritualidad madura; su contribución positiva es evidente en muchos casos.

En un momento histórico en el que la emoción ha sustituido, en muchos ambientes, al raciocinio, los brotes pseudomísticos con expresiones no conceptuales y emocionalmente confusas reflejan formas no integradoras de las dimensiones de la persona en un todo armónico.

La estructura que todo modelo religioso configura (incluso en los casos en los que se niega tal realidad) suele servir de cobijo a personas con un bajo nivel de autoestima que, protegidos por títulos y cargos, alcanzan posiciones de liderazgo que les permite una aparente superación de sus sentimientos de inferioridad al precio de una disfuncionalidad en el grupo.

Estamos llamados a una praxis madura de la fe como experiencia vital que incluye la totalidad del ser (plano racional, emocional y simbólico). El modo de creer debería evolucionar paralelamente al desarrollo de la estructura psíquica de cada persona. Una religiosidad y una fe adultas son posibles cuando son despojadas del egocentrismo y del mundo mágico, propio de los estados primigenios del proceso evolutivo de la persona o de la fe.

El propio psicoanálisis, crítico en sus orígenes con la religión -S. Freud la comparaba a la neurosis infantil- en los últimos decenios asume la existencia de formas religiosas sanas que inciden favorablemente en la estructuración de la personalidad, permitiendo su desarrollo y el bienestar. Existen trabajos empíricos que establecen este nexo entre religión y bienestar emocional.

Característica de una fe madura es su capacidad de contextualización en un espacio cultural y en un tiempo histórico concreto. Es su disposición para hacer comprensible aquí y ahora los contenidos de la fe. Es saber distinguir entre los elementos míticos y la realidad histórica y explicarlos en la clave teológica que los hace inteligibles. Ya no se puede apelar al está escrito sin más razonamiento. La mujer y al hombre contemporáneos piden argumentos.

La fe madura se expresa a través de la coherencia entre la palabra pronunciada y la acción que la acompaña. Acciones orientadas a hacer presente el amor y los valores del Reino de Dios a todos cuantos quieran acogerlo. El amor incondicional al prójimo, cada vez más cercano en un contexto de crisis, es evidencia de madurez.

La fe madura requiere apertura y superación de las tendencias endogámicas, propias de muchas comunidades, resultado del temor a la pérdida de la propia identidad como resultado del contagio con la diferencia. Cabe modificar el paradigma de considerar la pluralidad como una amenaza. La diferencia enriquece. La iglesia ha sido plural desde sus inicios. Cuanto más profunda sea la propia experiencia, más fácilmente puede darse la práctica del ecumenismo espiritual con otros grupos cristianos o el diálogo interreligioso con otras formas de religiosidad.

Las formas sanas de vivir la fe dan un sentido positivo de la vida y de las posibilidades humanas. Ofrecen un sistema de valores, hasta cierto punto, alternativos: la compasión, el altruismo, el amor, la capacidad de pacificar entornos tensados, el respeto a la diferencia…

La madurez espiritual requiere el desarrollo de lo que actualmente denominamos inteligencia trascendente, existencial o espiritual que permite acceder a los significados más profundos, plantearse el sentido de la vida y sus más altas motivaciones. La madurez impide considerarnos el centro del universo y depositarios de la verdad absoluta.

La madurez nos hace libres de la tiranía de las opiniones y de las expectativas de los demás que pueden llegar a condicionarnos. Nos libera de buscar necesariamente la aprobación de los otros y nos facilita actuar de acuerdo con la conciencia. Nos hace libres para perdonar y perdonarnos. Libres para permitir, sin temor ni prejuicio, que los demás sean diferentes. Libres para encarnar los valores del Reino de Dios y vivirlos, en más de una ocasión, contraculturalmente.

No seáis niños en la forma de pensar (1Co 14,20).

*Imagen cabecera basada en “Casa de Locos”, Gota (Wikimedia)

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