Posted On 22/04/2022 By In portada, Teología With 906 Views

Doctrina como dramaturgia. Por una teología participativa | Alfonso Ropero

El siempre gratificante teólogo anglicano Alister McGrath, refiriéndose a su colega estadounidense, el presbiteriano Kevin Vanhoozer, dice que este es “una de las voces más significativas de nuestra generación”. En nuestro país, España, y resto del mundo evangélico de habla hispana, es prácticamente desconocido. Quizá se deba a que toda su producción teológica está publicada en inglés. Toda, pero no toda. Hace poco más de diez años la editorial católica Sígueme publicó en nuestro idioma su obra más significativa:  El drama de la doctrina[1], que en su día y en su idioma original, fue galardonado como mejor libro de teología de 2006 por Christianity Today Book Awards. Ediciones Sígueme hizo una obra de edición magnífica, encuadernada tapa dura, muy bien traducida y muy bien presentada. Pese a esto, hay que decir que, lamentablemente, ha pasado desapercibido en nuestros medios, y no precisamente porque nos sobren materiales teológicos de calidad.

Con vistas a remediar ese silencio, me gustaría presentar al autor y obra. Kevin J. Vanhoozer, nació en California en 1957, se doctoró en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia (MDiv), y en la Universidad de Cambridge de Inglaterra (PhD).  Durante ocho años fue profesor titular de Teología y Religión en New College, de la Universidad de Edimburgo (Escocia), antes de convertirse en profesor investigador de Teología Sistemática en la Trinity Evangelical Divinity School de Deerfield (Illinois).

Antes de la publicación de El drama de la doctrina, Vanhoozer se dedicó al estudio de los desafíos planteados por la filosofía posmoderna de Derrida, Fish y Rorty, cuyos resultado aplica no solo a la hermenéutica bíblica en especial, sino también a la hermenéutica general. En El drama de la doctrina también aparece esta misma preocupación hermenéutica, como se puede leer en el subtítulo: “Una perspectiva canónico-lingüística de la teología cristiana”.

El motivo de esta obra obedece a una preocupación pastoral, a saber, el desconocimiento generalizado de la doctrina cristiana por parte de los creyentes. Es a ellos a quienes busca interesar, aunque reconoce que el trabajo se le fue de la mano como evidencia el grosor del mismo, más de medio millar de páginas, cuando su intención primera fue escribir un manifiesto breve y constructivo. El manifiesto se encuentra en dos capítulos esenciales, arropados y justificados por discusiones pormenorizadas de la teología moderna, con el fin de situar intelectual y metódicamente su propuesta teológica.

El drama de la doctrina nos toca emocionalmente debido al uso que hace el autor de uno nuestros escritores más queridos del Siglo de Oro: Calderón de la Barca. En la presentación de la edición española, el mismo Vanhoozer expresa su gratitud por ver su libro traducido al castellano, porque, en confesión propia, nos dice que fue precisamente la obra de Calderón, El gran teatro del mundo (1635), la que le dio la idea de la que nació el libro al que aquí nos referimos. En el citado drama de Calderón, Dios es presentado como el director y el mundo como su escenario; en él, cada persona que llega a la existencia recibe el vestuario correspondiente al papel que se le ha asignado. Por su parte, el apuntador anima a cada actor a «hacerlo bien, porque Dios es Dios». ¿Qué tienen en común —se pregunta Vanhoozer— un teólogo protestante norteamericano del siglo XXI con un dramaturgo español del Barroco? Y responde: «El público que asistía a las re-presentaciones de Calderón no estaba formado por espectadores, sino por “oyentes”; en efecto, aquellas personas iban a “oír”, más que a ver una obra. Como teólogo, también yo estoy muy interesado en ayudar a la gente a escuchar la «obra» y la palabra de Dios –lo que denomino aquí teodrama, siguiendo a Balthasar–, y en colaborar con la iglesia para representar adecuadamente la palabra de Dios en el gran teatro del mundo contemporáneo» (p. 11).

Por el lado teológico, Vanhoozer se inspira en la obra del teólogo luterano, profesor de Yale, George Lindbeck, The Nature of Doctrine (Louisville: Westminster John Knox, 1984)[2], donde apunta una teología más allá de la ortodoxia expresada en términos propositivos, como si fuera una disciplina consistente en formular doctrinas sacadas de una cantera de textos bíblicos. Más o menos, Lindbeck venía a decir en plan de reproche que el dogma comúnmente enseñado proporciona a la comunidad religiosa un conjunto de creencias por lo general divorciadas de la experiencia personal de los creyentes. Con eso no quitaba importancia al dogma y la enseñanza doctrinal en la Iglesia. Al contrario, las fórmulas doctrinales son centrales y en algunos casos insustituibles, pero sin olvidar que el lenguaje en que se expresan corresponden al intento de racionalizar la experiencia religiosa primigenia encapsuladas en conceptos históricamente determinados. En este sentido, el lenguaje propositivo no lo es todo, el fin del acontecer teológico, sino el medio que nos permite acceder racionalmente a verdades que pertenecen al ser existencial e histórico de los objetos y sujetos de la revelación divina. En la estela de Lindbeck, Vanhoozer postula «una teología postconservadora, canónico-lingüística, y una teoría directiva de la doctrina que arraiga con más firmeza la teología en la Escritura, a la vez que mantiene el acento de Lindbeck en la práctica» (p. 14).

La reforma de la iglesia no es el objetivo de la propuesta, especifica Vanhoozer, pero sí aparece en su horizonte. «Lo que contiene el presente libro es una consideración de la doctrina que abre un camino por el que puedan avanzar tanto la teología como la iglesia superando la fatal dicotomía entre la doctrina y la vida» (p. 14). Vanhoozer quiere devolver a las comunidades la ilusión de la doctrina creída y vivida como algo propio, personal. «El tópico de que la doctrina es una cosa seca y polvorienta no deja de ser una débil caricatura de la realidad, que es fuerte y tensa. La doctrina tiene que ver con energías y acontecimientos que son tan reales y tan potentes como cualquiera de los que conocemos en física o química: energías y acontecimientos que pueden poner patas arriba el mundo actual, y en los que estamos insertos como participantes que desempeñan un papel según el cual hablan y actúan» (p. 15). A la luz de las  manifestaciones del propósito de esta obra se puede entender claramente su carácter pastoral y abierto a todos, pese al largo recorrido que realiza y los inevitables encuentros y diálogos con teólogos y filósofos de todos los tiempos.

Vanhoozer defiende su tesis bajo la metáfora de una obra de teatro, dividida en cuatro partes: 1) Drama; 2) Guion; 3) Dramaturgo y 4) Representación. Al mismo tiempo, considera que la historia de la salvación consta de cinco actos. El primer acto es la creación, el escenario de todo lo que sigue. El segundo acto es la elección, el rechazo y la restauración de Israel por parte de Dios. El tercer y definitivo acto es el primer advenimiento de Cristo y que recapitula la historia de Israel. El cuarto acto comienza con la resurrección de Cristo y la venida del Espíritu para crear la Iglesia. El acto final es la conclusión del eschaton con la iglesia «a caballo entre la memoria y la esperanza» (p. 3).

1. El drama es la vida misma en su carácter de arrojada a la existencia (Heidegger, Ortega y Gasset). En el mundo nos encontramos como determinantes inevitables la vida y la muerte; la verdad y la mentira; la salvación y la condenación; el Dios revelado y el Dios oculto… La misión de la teología consiste en esclarecer el misterio de la vida a la luz del evangelio, y hacernos partícipe de él. El punto de partida es el Dios que se manifiesta en Cristo, obra en él y está en él. Es una acción comunicativa mediante la cual Dios toma la iniciativa por amor y pura gracia, y a la que respondemos con gratitud y voluntad de hacer de esa comunión-comunicación un modo de vida orientado y equilibrado por el sentido de la verdad y el fluir de la vida que brota en el que se acoge a la acción comunicativa de Dios en Cristo. El Dios que habla es al mismo tiempo el Dios que actúa, por eso la fe cristiana es una respuesta intelectiva y existencial. Aquí viene la puntualización de Vanhoozer que quiere transmitir como su particular contribución a una teología más completa, más dinámica, enraizada en la vida, cultivada en la mente, vivificada por el espíritu. Esta idea, escribe Vanhoozer, «conlleva un potencial no explotado hasta ahora para concebir de un modo nuevo el “principio de la Escritura”. La teología debe comenzar a entender la Biblia como un discurso performativo, no solo informativo» (p. 91). «El teo-drama bíblico debe su forma a la promesa divina que genera la acción», repite una y otra vez, y recuerda en este punto las contribuciones tanto de Karl Barth como de Hans Urs von Balthasar. Vanhoozer se extiende sobre los diversos aspectos de la teología de la Trinidad, las misiones trinitarias y el drama de la redención. La metáfora teatral nos anima a contemplar nuestra vida diaria repleta de tensión y urgencia. «Conocer a Dios es una forma de teatro participativo y la doctrina es la ayuda de los actores. Esto es así porque conocer a Dios significa no solo participar en un drama, sino en el drama adecuado, ese cuyo clímax es Jesucristo, el que la Iglesia llevó en su proclamación del evangelio en la formulación de las doctrinas de la Trinidad y la encarnación» (p. 109).

2. El guion no es otro que la Biblia misma en relación dinámica con la Iglesia, como una comunidad que vive de y por la lectura y la vivencia de la palabra renovadora, que hace de la alianza instancia viva entre Dios y su pueblo elegido que se actualiza en la experiencia cambiante de la Iglesia. La Biblia, señala Vanhoozer, es tanto la versión autorizada del drama de la redención como el guion para la vida de la Iglesia. Guion que no solo pide una lectura creyente, sino una acción comprometida, conforme al modelo encarnacional de la vida cristiana. «Debemos tomar nuestro guion y ponernos a caminar, no existe otra manera de seguir las indicaciones que se nos dan; no existe otra manera de seguir a Cristo» (p. 153). Así de categórico expresa Vanhoozer la centralidad e importancia de la Escritura para el creyente y la Iglesia, en línea con la tradición reformada por él representada. En esta parte analiza el papel del Espíritu Santo, de la tradición apostólica, de la Iglesia y del texto canónico en relación a la autoridad y al mensaje de la Biblia para el pueblo de Dios. «En el centro del teo-drama se sitúa un conjunto de promesas y cumplimientos divinos (p. 177), que llega hasta nosotros. El canon, dice, es la forma final de la Sagrada Escritura, «constituye la respuesta tanto al problema del locus de la autoridad en la Iglesia como al problema de cómo conservar la identidad del evangelio en el proceso de transmisión. En primer lugar, el canon es el guion del teo-drama, la especificación normativa de lo que Dios hizo y dijo en Cristo. En segundo lugar, el canon, precisamente como testimonio del teo-drama, es el estatuto de la alianza que se encuentra en el centro mismo de la relación entre Dios y la humanidad» (p. 184). La filosofía moderna plantea diversos problemas a este concepto. Primero, la idea de que el intérprete contribuye en algo al significado textual, de modo que la pretensión de haber encontrado el «significado objetivo» o la «verdad absoluta» suena cada vez más pintoresca, eco de una edad de la inocencia (p. 214). Segundo, algunos teóricos posmodernos del drama negarían la existencia de un texto escrito con el que pueda identificarse una obra de teatro. Tercero, el énfasis actual en la representación como desestabilizadora de los textos escritos parece no sintonizar con una propuesta que se centra en el teo-drama de la alianza y en el guion canónico» (p. 216). A estas y otras cuestiones trata de responder el autor en su obra.

Positivamente se puede afirmar que el canon constituye el contexto primario que nos capacita para discernir y para describir lo que Dios hace como autor de los textos bíblicos. «Debemos leer la Biblia canónicamente, como un libro. Cada parte tiene sentido a la luz del todo y a la luz de su centro, Jesucristo (p. 227). En consecuencia, Jesús es tanto el material como el principio formal del canon: su sustancia y su hermenéutica. Concluye este apartado aseverando que «una aproximación canónico-lingüística a la teología entiende que la normatividad se localiza en el uso de la Escritura que hace el autor divino, y no en su uso por la comunidad interpretativa. Esto no significa que la Iglesia no tenga nada que hacer; al contrario, la Iglesia responde a través de aquello que hace con el guion» (p. 234).

3. El Dramaturgo es la tercera parte de este ensayo teológico, que obedece a la pregunta: ¿a quien corresponde en la Iglesia el papel de director? El director, afirma, es «el mediador entre el guion y los actores, aquel cuya visión abarca tanto el drama como el arte de los actores» (p. 301). Algunos lectores pueden inclinarse identificar al director con el Espíritu Santo en cuanto aquel que guía a la verdad completa (Jn 16,13); otros, con Dios Padre, puesto que «dirigir» sería propio de la soberanía divina. «No obstante, los directores no “controlan” literalmente a los actores, y la soberanía divina no debería concebirse de tal forma que anule la libertad y la responsabilidad humanas» (p. 301).

¿Será acaso el teólogo, en cuando dedicado a la ciencia divina, el director? Vanhoozer argumenta que la teoría directiva de la doctrina defendida por él en su obra, exige entender que la doctrina existe para dirigir a la Iglesia, pero las personas que se encargan más de cerca de la dirección de la Iglesia son sus encargados: obispos, ancianos y especialmente pastores. Estos los que de hecho guían a las congregaciones mediante el ministerio de la Palabra y el sacramento, para participar de modo apropiado en el drama de la redención» (p. 301).

Vanhoozer desafía a los eruditos, teólogos, laicos y clérigos de la Iglesia proveerse de todos aquellos elementos académicos y espirituales necesarios para introducirse en la scientia del estudio de las Escrituras y aprehender algo de su fecundidad sapiencial. Una vez más, Vanhoozer se empeña en mantener la fe y la comprensión bajo el mismo techo, y el Evangelio de Jesús como centro definitorio del escenario. A partir de esta estrella indicadora de corte cristocéntrico, todos los demás actores, toda la historia de la salvación, todo el movimiento, el desenvolvimiento de la Iglesia y del dogma encuentran su forma, su voz, su lugar. Esto le lleva a analizar el papel del teólogo como «dramaturgo» y la teología como ciencia especial de Dios y su revelación. Aquí se incluye tanto al teólogo dogmático como al bíblico, al especulativo como al exégeta. «La teología canónico-lingüística como scientia exegética es un intento de escuchar lo que el Espíritu de Cristo dice al cuerpo de Cristo a través de las palabras de Cristo. El resultado no es una certeza apodíctica, sino una dirección de índole apostólica, lo que no significa que carezca de racionalidad y de verdad (p. 325).

Una condición muy importante, a juicio de Vanhoozer, con vistas a reconocer la unidad polifónica que el Espíritu hace posible y que se extiende por todo el canon es que dejemos de concebir la Sagrada Escritura como un depósito de verdades reveladas. Una teología post-proposicionalista insiste en que en la Escritura hay más que proposiciones reveladas, más que pensamientos divinos separados, más incluso que un sistema de pensamientos divinos» (p. 338).

La verdad bíblica es polifónica, y esto significa que hay una pluralidad de puntos de vista normativos en la Escritura, cada uno de los cuales es autoritativo porque revela un aspecto de la verdad (p. 353). La verdad bíblica es al mismo tiempo dialógica. Y esto por una razón elemental. «La riqueza de la realidad del acontecimiento Jesucristo exige una multitud de voces para que sea interpretada adecuadamente. Necesitamos una pluralidad de perspectivas —formas literarias, visiones de la palabra, esquemas canónicos— para captar adecuadamente los distintos aspectos de su verdad» (p. 355).

4. La representación es la cuarta parte del esquema teo-dramático de Vanhoozer. La representación está estrechamente ligado a guion, aunque la autoridad y fundamentación corresponde a este, pero un guion sin representación está vacío, como si no existiera, o por decirlo en términos evangélicos: «si el guion no es representado, queda solo, no da fruto». La lógica del teo-drama no contempla una doctrina, el guion, sin ser compartida comunitariamente y hecha vivencia en su culto y misión. La Iglesia, como puntualiza Vanhoozer frente a los dispensacionalistas, no es una ocurrencia tardía en el plan de salvación, sino quizá el objetivo de toda la acción trinitaria, que es «edificar un pueblo en Cristo que es la vanguardia de la nueva creación» (p. 442).

El clímax teo-dramático es la muerte de Cristo como muerte del inocente por los culpables, el santo por los pecadores. Vanhoozer se hace eco de la disputa teológica sobre el significado de la muerte de Jesús en la cruz y el sentido de la expiación. ¿Fue necesaria?, ¿por qué?, ¿qué consiguió?… Repasa la doctrina de la sustitución penal defendida por la Reforma protestante y otras teorías que él considera ser «culpables de desdramatizar la doctrina en la medida que no explican la línea que atraviesa la acción» (467). Recurre a von Balthasar (Theo-drama IV) para expresar cinco motivos que hacen justicia al relato de la muerte de Jesús en la cruz. El desarrollo argumentativo de esos cinco elementos o motivos desembocan en la alianza y la comunión; la amistad y la unión con Dios (p. 472). La doctrina correcta sobre la expiación clarifica la naturaleza de la muerte de Cristo como don de Dios, que nos une con él y nos prepara para la tarea de hacernos como Cristo, vivir en él y a partir de él, lo cual es la representación esencial a la que todos los cristianos están llamados. Vocación universal inseparable del papel que el guion inspirado ha dispuesto para todo cristiano, como un compromiso de fe y representación de la nueva vida, de la nueva creación representada por la Iglesia. «Vestida con la justicia de Cristo, la Iglesia encarna el significado mismo del evangelio. Al revestirse del hombre nuevo, la Iglesia se convierte en cuerpo viviente de Jesucristo» (502).

Para concluir. En nuestra memoria cultural-religiosa hispánica, tenemos la historia los autos sacramentales, aquellas puestas en escena del drama de la creación y el pecado; la culpa y el perdón; la ley y la gracia; la esclavitud y la redención. Sabemos que aquellos autores del renacimiento español eran hombres versados en la Escritura, muchos de ellos recibieron las sagradas órdenes, como el mencionado Calderón, y Valdivieso, Lope, Tirso, Mira de Amescua. En los autos sacramentales plasmaron el drama de la salvación con un realismo muy efectivo, como liturgia popular sacro-profana, representativa y simbólica, en la que se funde maravillosamente el espíritu de las representaciones cristianas y el espíritu de las tragedias existenciales. Como escribía Andrés Vázquez de Prada, los dramaturgos de los autos «iluminan al espectador en la inteligencia de los divinos misterios y señalan al hombre su proceder en las variadas circunstancias de la vida»[3]. No tiene nada de extraño, pues, que el teólogo reformado Vanhoozer quedará sorprendido y atrapado por la obra del divino dramaturgo Calderón.  La representación teatral es una magnífica metáfora para expresar el juego, la relación de la doctrina cristiana con la vida de aquellos a quienes se destina en medio de los afanes y preocupaciones del mundo. La teología especulativa, aquella que se esfuerza en ver a través del espejo difuminado de los textos sagrados, es un servicio a la vida de la Iglesia. Primero como misionera, ganando voluntades e intelectos a las verdades de la fe; segundo, como pastoral, animando a los creyentes a poner carne, vida y espíritu en la osamenta de las doctrinas.

Sin lugar dudas, El drama de la doctrina de Vanhoozer es una obra casi imprescindible para estudiantes y comunicadores del evangelio. El trasfondo del autor, protestante presbiteriano, su formación, su preocupación y sus referencias principales, así como el lector al que se dirige se encuadra en el mundo protestante evangélico en general, pero esto no es óbice para que creyentes de otras tradiciones, como la católica, no puedan enriquecerse y sacar lecciones provechosas, pues Vanhoozer no solo escribe animado por el espíritu ecuménico, sino con una visión ecuménica sensible a todo lo que pueda contribuir a esclarecer la interpretación-apropiación de lo que él llama el guion de Dios para su pueblo, la Biblia. Así, pues, no duda en conceptuar su metodología canónico-lingüística de católica. «La teología canónico-lingüística es católica sobre todo cuando afirma como su autoridad primera y última este testimonio humano sobre Cristo dirigido por el Espíritu y presente en las Escrituras» (p. 163).

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[1] Kevin J. Vanhoozer, El drama de la doctrina. Una perspectiva canónico-lingüística de la teología cristiana. Sígueme, Salamanca 2010, 575 pp.

[2] G. Lindbeck, The Nature of Doctrine. Westminster John Knox, Louisville 1984 / trad. cast. La naturaleza de la doctrina. CLIE, Barcelona 2018, trad. Roberto Casas.

[3] Andrés Vázquez de Prada, “Dramatización alegórica de la Teología”, en Atlántida, 9 (1964), p. 272.

Alfonso Ropero Berzosa

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