Posted On 27/11/2021 By In portada, Teología With 1488 Views

Los cinco puntos del calvinismo a examen. 1. La predestinación incondicional | Alfonso Ropero

La doctrina de la predestinación es una de las más conocidas y significativas del calvinismo, hasta el punto que muchos creen que es privativa del mismo. Sin embargo, como bien dice el teólogo reformado Herman Bavinck, “la doctrina de la predestinación no es la confesión de la Iglesia reformada solamente; no es meramente la opinión de Agustín y Calvino, sino el dogma de toda la cristiandad[1]. Tal es así, que un teólogo tan independiente, y tan criticado por los calvinistas, como Charles Finney, considera un despropósito, que no hace justicia a la enseñanza de la Biblia, negar la predestinación. Literalmente: “Las Escrituras hablan en una gran variedad de formas de elegidos, de predestinación, etc., como una verdad conocida por medio de una irresistible inferencia a partir de los atributos conocidos de Dios”[2]. Y prosigue, por si quedan dudas: “Me han sorprendido los esfuerzos elaborados y eruditos para demostrar que esta doctrina no está expresamente enseñada en la Biblia”[3].

Lo que distingue al calvinismo de otras maneras de considerar esta doctrina es una cuestión de calificativos. La predestinación sola no existe, sino la predestinación incondicional, o absoluta, como más acertadamente la llama Louis Berkhof y otros. El problema de la predestinación, pues, tiene que ver con la manera de entender su naturaleza, su alcance, su interacción con otras doctrinas. En el calvinismo forma un todo compacto, en relación lógica con el conjunto de los llamados cinco puntos del calvinismo, de modo que cada cual apuntala al resto. Tratar este tema con precisión nos ocuparía mucho espacio, más propio de un libro que de un artículo. Por eso, por amor al lector, trataré de ceñirme a lo esencial, a lo justo e imprescindible para que luego cada cual desarrolle su propia investigación en base a lo mucho escrito que hay sobre el tema, del que al final ofrecemos una orientación bibliográfica. Incluso entre los profesionales de la teología, y dentro de la misma confesión de fe reformada, se dan muchas variantes y argumentos contrapuestos. Es un estudio, pues, que exige de nosotros mucha atención a los distintos aspectos implicados, así como una alta dosis de humildad para aceptar las propias limitaciones que la comprensión de semejante misterio, la predestinación, nos impone. Por eso, al final de su estudio de esta cuestión, el mencionado Louis Berkhof, nos llama a la moderación y al respeto, cosas que a veces no abundan en las controversias doctrinales, pues, concluido “el estudio de este profundo asunto sentimos que nuestro entendimiento es limitado, y nos damos cuenta de que sólo poseemos fragmentos de la verdad”[4]. Con todas estas precauciones vamos a incursionar en el examen de predestinación tal como es presentada por el calvinismo ortodoxo.

 

Biblia e historia

El lenguaje de la predestinación es un término propiamente neotestamentario. El verbo “predestinar” (prohorizó), aparece una vez en los Hechos (Hch 4:28), cinco veces en Pablo (Ro 8:29.30; 1Co 2:7; Ef 1:5,11). En el Nuevo Testamento nunca se emplea el sustantivo “predestinación”, a diferencia de términos como “plan, designio” (boulé, prothesis), “presciencia” (prognosis), “elección” (ekloge).

En el Antiguo Testamento no aparece la palabra “predestinación”; la idea más cercana es la de “elección” (bá-har), y siempre en sentido colectivo, a diferencia del Nuevo Testamento, siempre referido a individuos. Cuando el Antiguo Testamento trata de un personaje particular: Abraham, Moisés, etc., no tiene sentido de salvación individual, sino que se ordena a la elección del pueblo.

El término bá-har aparece utilizado desde el Deuteronomio; se lee al menos 92 veces, teniendo como sujeto a Dios y como objeto a Israel. Esta elección tiene su origen en la iniciativa divina (Dt 7:6; Ex 19:6). La elección de Israel es una llamada a la alianza con Dios y los nombres de los elegidos están escritos en el “libro de la vida” (Ex 32:32; Dn 12:1; Sal 69:29).

Durante los primeros siglos de la Iglesia, los teólogos no realizaron ningún estudio particular de la predestinación, que no fue objeto de discusión, sino que se centraron en la cuestión de la libertad humana, que era verdaderamente el tema que les enfrentaba a la sociedad de su época, dominada como estaba por la idea del Destino (fatum, hado, sino), cuyos resquicios todavía perduran en nuestros días. El destino estaba señalado por los dioses, también escrito en los cielos (astrología) y era imposible cambiarlo. Uno tenía escrito la hora de la muerte, e hiciera lo que hiciera, esta llegaba en el momento predeterminado. Por eso todavía hoy, ante accidente mortal, algunos hacen referencia al sino. “Era su sino” morir así o asá. Los griegos llamaban al destino “ananké” (ανανκη) y lo consideraban una fuerza superior no solo a los hombres, sino incluso a los mismos dioses, impotentes ante el mismo, El destino era personificado por la diosa Moira, rebautizada como Fatum en la mitología romana. Frente al destino inexorable, los cristianos, basados en la dignidad humana, en cuanto imagen y semejanza de Dios –una especie de representante de Dios en la tierra– fueron los defensores radicales de la libertad humana, de aquí su ataque constante a la idea pagana del destino y a la religión astrológica que consideraba que el destino estaba escrito en los estrellas. Orígenes, bueno, la generalidad de los autores alejandrinos, se convirtieron en los adalides de la libertad humana frente a la fatalidad del destino. Todos ellos escribieron antes de la aparición de Pelagio, y por tanto, no desarrollaron aquellos conceptos que serán clave en debates posteriores sobre naturaleza y gracia; predestinación y responsabilidad humana. Esa labor le tocó a Agustín de Hipona, a quien se puede considerar el padre o progenitor de la doctrina sobre la predestinación en el cristianismo latino, cuyas exposiciones pesarán mucho en el desarrollo de esta doctrina a lo largo de los siglos. Su influencia sobre los reformadores protestantes del siglo XVI es indiscutible.

Agustín fue perfilando su doctrina en confrontación con los pelagianos, con las afirmaciones y correcciones pertinentes. Los estudiosos de Agustín no se ponen de acuerdo en un punto crítico, el de la condenación o reprobación de los incrédulos o no predestinados a obtener la vida eterna. Algunos dicen que, basándose en las palabras duras de Pablo en la carta a los Romanos, Agustín dio lugar a expresión infortunada: “predestinado a la perdición eterna”.

Otros creen que Agustín no enseñó nunca la predestinación a la perdición; por el contrario, afirmó que los pecados son objeto de la presciencia divina, pero no de la predestinación; que Dios es justo y no puede condenar a nadie sin culpa.

Según Agustín, como consecuencia del pecado original, la humanidad está entregada a la condenación; pero Dios rescata de esta massa damnationis a los que ha destinado a la salvación, los cuales se salvan infaliblemente. El número de los elegidos está fijado desde la eternidad. Sin reprobar positivamente a los no predestinados, Dios permite que estos se condenen libremente por razón de sus pecados. Sin embargo, algunos de sus discípulos, como el monje Godescalco (Gotteschalk, s. IX), profesó abiertamente una doble predestinación: una, al mal y, por tanto, a la perdición, diversa de la predestinación al bien, y, por tanto a la gloria, negando, por lo mismo, que Cristo haya muerto realmente por todos, lo cual se aproxima mucho a ciertas escuelas calvinistas.

Naturalmente, la Iglesia de la época condenó sin concesiones cualquier fórmula que hablase de una doble predestinación, así en el concilio de Arlés (473) y en el de Orange (529). Juan Calvino sigue a Agustín, pero con una variedad. Para el reformador ginebrino unos están elegidos y otros condenados desde toda la eternidad; pero la predestinación y la reprobación son entendidas por él independientemente del problema del pecado original y la massa damnationis (masa de perdición). Dios, ser infinito, creador y dueño soberano de las criaturas, dispone de ellas como le place para su gloria.

Pero con Calvino, como con san Agustín, los estudiosos discrepan respecto a la verdadera postura de Calvino sobre algunos aspectos de la predestinación; sin embargo, en un aspecto crucial y muy controvertido, no hay ningún tipo de duda, como afirma Berkhof, que “Calvino mantuvo firmemente la doctrina agustiniana de una absoluta y doble predestinación”[5]. Así lo afirma el propio Calvino en la primera parte de su célebre Institutio christiana, cuando al tratar de la “necesidad y utilidad de la doctrina de la elección y de la predestinación”, escribe que “es evidente y manifiesto que de la voluntad de Dios depende el que a unos les sea ofrecida gratuitamente la salvación, y que a otros se les niegue”[6]. Reconoce que de esta doctrina “nacen grandes y muy arduos problemas, que no es posible explicar ni solucionar, si los fieles no comprenden lo que deben respecto al misterio de la elección y predestinación”. “Esta materia —continúa— les parece a muchos en gran manera enrevesada, pues creen que es cosa muy absurda y contra toda razón y justicia, que Dios predestine a unos a la salvación, y a otros a la perdición”[7].

Seguro de su verdad, es decir, de conocer personalmente el plan de Dios respecto a la redención y reprobación del género humano, advierte contra los osados que quieren saber los secretos de la predestinación y penetran en el santuario de la sabiduría divina, para satisfacer su curiosidad, de modo que se meten “en un laberinto del que no podrán salir”. “Porque no es justo que lo que el Señor quiso que fuese oculto en sí mismo y que Él solo lo entendiese, el hombre se meta sin miramiento alguno a hablar de ello, ni que revuelva y escudriñe desde la misma eternidad la majestad y grandeza de la sabiduría divina, que Él quiso que adorásemos, y no que la comprendiésemos, a fin de ser para nosotros de esta manera admirable”[8].  

Parece ser que Calvino, seguro como está de su postura, no advierte que los que buscan entender el misterio de ese “terrible decreto” (decretum horribile), no pretenden atentar contra la autoridad divina ni entrar en juicio con él, sino que exigen explicaciones de una manera de entender la voluntad divina que más que del Dios de la Biblia está hablando de un Dios arbitrario. Esta percepción no fue exclusiva de los enemigos de la teología de Calvino, sino que hasta el día de hoy teólogos de la talla de G.C. Berkouwer, se siguen planteando el tema de la arbitrariedad en la doctrina calvinista de la elección[9]. Arbitrariedad que se hace más patente en los tiempos —u orden— del decreto divino.

 

La predestinación planificada antes o después de la caída.

Es común a la teología calvinista averiguar si el plan (decreto) de Dios sobre la predestinación fue concebido a la luz de la caída del ser humano en pecado o antes de ella. Esto se conoce como supralapsario (antes de la caída) o infralapsario (después de la caída). Dada su eternidad, en Dios no hay tiempos, un pasado y un futuro, un antes y un después, todo transcurre en un presente eterno, por eso la pregunta sobre este tema se sitúa en “el orden del pensamiento”, no en el de la realidad divina, que seríamos incapaces de expresar. Pues bien, en “orden del pensamiento —según Charles Hodge—, la elección y la reprobación preceden al propósito de crear y de permitir la caída. La creación tiene como fin la redención. Dios a crea a unos para ser salvos y a otros para ser perdidos”[10].

En este esquema, es difícil justificar a Dios de arbitrariedad e injusticia, pues aun no ha pecado su criatura cuando ya está condenada a la reprobación eterna. Se puede argumentar que la condenación siempre es debida al pecado, pero si para a gran parte de la humanidad, por decreto eterno, no existe remedio para el pecado, ¿cómo negar el fatalismo y arbitrariedad de tal doctrina de predestinación limitada a los elegidos, tan pecadores como los no elegidos?

A pesar de los pasajes difíciles y duros de san Pablo, es evidente que para él la doctrina de la predestinación pretende ser la invitación suprema a ensalzar la gracia divina, como se ve claramente por el himno a la elección eterna para la redención en Cristo (Ef 1:3-12). Para evitar que la predestinación no parezca un acto caprichoso de Dios, hay que afirmar con la misma intensidad que la predestinación como muestra infinita de la gracia de Dios, la igualmente voluntad divina de salvación universal, a saber que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Ti 2:4). Agustín enseñó que Dios posee una gracia que ningún corazón podría rechazar, aunque, según él, no se la da a todos y permite que algunos se pierdan, a pesar de esto, Agustín no enseñó nunca la predestinación a la perdición; afirmó que los pecados son objeto de la presciencia divina, pero no de la predestinación; que Dios es justo y no puede condenar a nadie sin culpa.

Por esta razón, muchos calvinistas rechazaron la versión supralapsariana de la predestinación para aceptar la infralapsariana, según la cual Dios decidió crear el mundo para revelar su propia gloria, y solo después de esto permitir la caída del hombre y en tercer lugar, de la masa de los caídos elegir a una multitud para ser salvos.

Los teólogos reformados no se ponen de acuerdo en si Calvino fue supralapsariano o no. En sus escritos hay textos que sustentan la postura supralapsariana, y otros, la infralapsariana. Sea como fuere, el caso que ninguna iglesia calvinista incluyó en sus símbolos o confesiones de fe la perspectiva supralapsariana, al contrario hay un repudio formal de la postura supralapsariana[11]. Para el calvinista americano Robert L. Dabney, ambos esquemas, el supra o el infra nunca deberían haberse planteado. Ambos son ilógicos y contradictorios con el verdadero estado de los hechos. “El supralapsariano, bajo la pretensión de una mayor simetría, es en realidad el más ilógico de los dos, y malinterpreta el carácter divino y los hechos de la Escritura de una manera repulsiva”[12]. El esquema es ilógico, porque no puede hablarse de culpa en los réprobos desde el momento que son reprobados sin poseer la libertad, e incluso están reprobados desde toda la eternidad”[13].

Dejando a una lado ahora esta polémica —muy interesante por las inferencias que pone de manifiesto—, lo cierto es que el esquema de la doble predestinación, crea problemas morales muy graves y niegan la voluntad de salvación universal de parte de Dios, lo cual de ninguna manera se corresponde con el Dios cristiano, presente en ambos testamentos: “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Ez 33:11), y si alguno responde que se trata de Israel, el pueblo escogido por Dios, recuerde la historia de Jonás y Nínive. “¿Acaso me complazco yo en la muerte del impío, declara el Señor Dios, y no en que se aparte de sus caminos y viva?” (Ez 18:23). “Abandone el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al SEÑOR, que tendrá de él compasión, al Dios nuestro, que será amplio en perdonar” (Is 55:7). “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Ti 2:4). “El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento” (2 Pd 3:9).

 

Lo eterno y lo temporal

Los argumentos a favor de la predestinación restringida a los elegidos, cobran a veces tintes algo siniestros y ajenos al evangelio. Así, un teólogo tan capaz como Hermann Bavinck, para tratar de aclarar con un ejemplo moderno de decreto de reprobación, recurre a Darwin y su teoría de la supervivencia del más apto. “Millones de seres nacen para que solo unos pocos puedan vivir. Miles de personas trabajan con el sudor de su frente para que unos pocos puedan nadar en abundancia. Riqueza, salud, arte, ciencia y todo lo que es alto y noble se construye sobre la base de la pobreza, la escasez y la ignorancia. La distribución igualitaria de los socialistas está enteramente ausente del universo”[14]. Evidentemente, las doctrinas teológicas repercuten en las ideas sociales, políticas y económicas. Lo que dice Bavinck es como si Dios, antes de todos los tiempos, hubiera dibujado en su mente un cuadro del mundo en que la luz exigía las sombras, con el agravante de que estamos hablando de personas que él mismo creó a su imagen y semejanza.

Algunos teólogos han apuntado que ante la doctrina bíblica de la predestinación nos encontramos con un problema de lenguaje. El hebreo bíblico no distingue claramente entre finalidad y consecución. Por ejemplo, el hebreo, al decir “Dios quiere”, puede significar, no una voluntad, sino una permisión, Dios “deja hacer”. Pero esta observación gramatical deja la puerta abierta a interpretaciones arbitrarias y atenuadas. “Con frecuencia olvidamos que el lenguaje de la Biblia se sirve, para expresar una experiencia religiosa, de categorías espacio-temporales y así atribuye a Dios comportamientos humanos. Erigir este lenguaje en doctrina metafísica, es eternizar lo que es esencialmente temporal”[15]. Así, la elección divina, vista a través del prisma de nuestra temporalidad, no puede menos de aparecer como una “predestinación absoluta”, que implica incluso el repudio y el desconocimiento de los que no son elegidos; pero esto sólo es una manera de hablar, una transposición, al espacio y al tiempo, de una realidad que no les está sujeta. El prefijo “pre”, utilizado con frecuencia para formar los términos de esta problemática (cf. pre-destinación, pre-sciencia, pre-conocer, pre-dilección…) manifiesta únicamente el esfuerzo del hombre para expresar que la iniciativa no viene de él, sino de Dios. El lenguaje temporal, así transpuesto en términos personales, halla su verdadero sentido, tan bien expresado por Juan: “Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero” (Jn 4:19)[16].

El verdadero problema está en nuestra impotencia para expresar en términos humanos la manera cómo Dios, causa primera de todo lo que es, obra por las causas segundas, en particular a través de nuestra libertad, para hacer un mundo en que unos se salvan y otros se condenan, sin que nadie pueda acusar a Dios de injusticia ni de parcialidad.

“Hoy comprendemos mejor que las afirmaciones de la Escritura sobre la omnipotencia de Dios y la eficacia de la gracia deben equilibrarse por la consideración de la libertad del hombre y de la infinita misericordia divina. La teología de la predestinación debe tener siempre ante sus ojos los dos momentos. Cuanto hacemos de bueno viene de Dios; en el orden sobrenatural nada positivo puede hacerse sin la gracia; el llamamiento a la salvación eterna y la perseverancia en la gracia son don de Dios. Es más, hay que pensar que la perseverancia final es el don más grande que la totalidad de los otros dones. En realidad, nuestra vida entera está en las manos misericordiosas de Dios. Sin embargo, nuestra vida espiritual es un diálogo con un Dios personal, no una simple relación con el ser absoluto”[17].

“Dios, como fundamento absoluto que por su acción libre confiere realidad a todo, no sólo contempla el mundo en su marcha, sino que debe quererlo para que sea lo que es. Este querer divino tiende de antemano al todo de la realidad querida y es igualmente inmediato respecto de cualquiera de sus momentos particulares. Ese querer no puede estar determinado por nada más que por la libertad sabia y santa de Dios mismo, que es necesariamente incomprensible e inapelable. Sólo el reconocimiento de esta libertad no fundada que es fundamento de todo, logra la criatura la recta relación religiosa con Dios como Dios. Por eso hay una predestinación a la gloria para los hombres que se salvan, porque este es el punto culminante y el término de la historia del mundo y de la humanidad. Donde se entiende la predestinación como eliminación de la responsabilidad y libertad humanas en la obra de la salvación eterna (determinismo teológico), se da un predestinacianismo herético. No hay predestinación positiva y activa al pecado ni, consiguientemente, al abuso de la libertad”[18].

“De una manera sintética cabría decir que la Sagrada Escritura enseña una verdad fundamental y clara: la salvación del hombre no es fruto del acaso o de la mera libertad humana, como si Dios fuera un simple espectador de la historia, sino que es algo que deriva de Dios mismo. Dios quiere salvarnos, de modo que podemos ver en los diversos dones que recibimos (vocación a la fe, gracia, etc.) efectos de esa voluntad de Dios, y precisamente por eso podemos situarnos con alegría y confianza ante los diversos sucesos de la vida. Esta verdad es en sí clara, más aún, iluminadora: los problemas podrán surgir cuando se busque poner en relación esa verdad con otros datos: la existencia del mal en el mundo, la libertad del hombre, la realidad del infierno y la condenación, etc. Ante esa dificultad el hombre puede sentir la tentación de intentar simplificar el problema prescindiendo de alguno de sus datos, desembocando así o en la negación de la realidad de la intervención de Dios en la historia o en la negación de la libertad humana. La actitud justa, en cambio, como ante todo misterio sobrenatural, es la de mantener íntegra su verdad, procurando comprenderla en la medida en que sea dable a nuestra inteligencia, y aceptando a la vez aquello que no entendamos, reconociendo que, aunque ahora no veamos su intrínseca coherencia, ello depende no de una falta de verdad o de una contradicción interior a la fe, sino de la limitación de nuestra inteligencia”[19].

Por otra parte, es esencial e imprescindible adoptar y ejercitar una perspectiva cristológica que nos acerque de un modo evangélico a este difícil tema. En los debates y planteamientos antiguos sobre la predestinación se echa en falta la dimensión cristológica de la misma. Se parte de la soberanía de Dios, de su omnipotencia y de su providencia como un modo de hacer que nada de lo que ocurre en el mundo es ajeno a la voluntad divina. Jesucristo, su vida, su mensaje, su obra, apenas si entra en ese esquema. Si Cristo es el Logos, la Palabra, la Razón de Dios es evidente que debe ocupar un lugar central en nuestra comprensión de Dios y sus planes para el ser humano. Sus dichos, sus palabras, sus milagros, tienen mucho que enseñarnos al respecto. La predestinación no puede ser el antiguo destino escrito con otro nombre. Afortunadamente, la teología hoy intenta poner en práctica una hermenéutica desde una perspectiva cristológica. Todas las cosas han sido hechas por medio de él para él (Jn 1:3; Col 1:16). De aquí debemos partir, pues Cristo es la clave y verdadero criterio de todo cuanto afecta a nuestra fe. La tarea es ardua y compleja, pero es el único camino que nos garantiza la fidelidad al Dios cristiano. La teología de la predestinación de Cristo, como escribe L. Serenthà, han podido recientemente superar las insuficiencias de los manuales de antaño, “porque ha redescubierto en el cristocentrismo la relación de Cristo con la historia de los hombres, y la teología de la predestinación de los hombres ha vuelto a encontrar en el carácter crístico de lo sobrenatural la posibilidad de superar las visiones insuficientes de la gracia y la voluntad salvífica”[20].

Para concluir, la predestinación siempre será para nosotros un misterio, hablamos de temas eternos en lenguaje espacio-temporal, por eso, como una muestra de sometimiento a Dios y su voluntad y de amor y respeto al hermano, tenemos que estudiar los diferentes puntos de vista sobre el tema con seriedad y sentido de responsabilidad, ante Dios y los hombres, de manera que no presentemos una imagen distorsionada de Dios y su amor por la humanidad. En nuestra tradición protestante es realmente difícil dialogar sobre estos temas, por cuanto cada doctrina particular o divergente acaba por convertirse en la insignia de un nuevo grupo religioso o de una nueva iglesia, de modo que criticar una doctrina, o plantearla de otra manera, se considera un atentado contra una comunidad particular.

 

Bibliografía básica

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[1] Bavinck, The doctrine of God. The Banner of Truth, Edimburgo 1977, p. 378.

[2] Finney, Teología sistemática. Peniel, Buenos Aires 2010, p. 462.

[3] Id.

[4] Berkhof, Teología sistemática. TELL, Grand Rapids 1979, 4ª ed., p. 147.

[5] Berkhof, Ob. cit., p. 129-

[6] Calvino, Institución cristiana, III, 1. FELIRE 1981, p. 723.

[7] Id., p. 725.

[8] Id., p. 725.

[9] G.C. Berkouwer, Divine Electión. Studies in Dogmatgics, cap. 3. “Election and Arbitrariness”. Eerdmans, Gran Rapids 1960.

[10] Hodge, Teología sistemática. CLIE, Barcelona 2010 (1872). Vol. I, III.2, p. 515.

[11] Véase Hodge, ob. cit.,  p. 515 y Bavinck, ob. cit., pp. 364-365.

[12] Dabney, Systematic and Polemical Theology. The Banner of Truth, Edimbugo 1985 (org. 1871), p. 233.

[13] Johann Adam Möhler, Simbólica. Ed. Cristiandad, Madrid 2000, p. 215.

[14] Bavinck, ob. cit., p. 402.

[15] Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de teología bíblica. Herder, Barcelona 1977, p, 709.

[16] Id., p. 710.

[17] Henry Rondet, “Predestinación”, en Sacramentun Mundi, vol 5. Herder, Barcelona 1972, p. 527.

[18] Karl Rahner, “Predestinación”, en Sacramentun Mundi, vol 5. Herder, Barcelona 1972, p. 535

[19] E. Llamas Martínez, “Predestinación”, en Gran Enciclopedia Rialp, Madrid 1994, p. 51.

[20] Diccionario teológico interdisciplinar, vol. III. Sígueme , Salamanca 1982, p. 890.

 

Alfonso Ropero Berzosa

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